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Francesc-Marc Álvaro | Preguntes en una guerra
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28 jul 2016 Preguntes en una guerra

El buen amigo Joan Safont tuiteó, hace pocos días, que los europeos nos tendremos que acostumbrar a vivir como los ciudadanos de Israel. Pensé que era una metáfora que invita a pensar el problema más grave que sufrimos con una dosis inusual de sinceridad, no exenta de provocación. La proliferación de atentados yihadistas en varias ciudades –especialmente en Francia y Alemania– rompe la idea sobre la que se había construido la convivencia en Europa occidental desde 1945: la confianza. La seguridad colectiva en las democracias europeas partía de la confianza y del convencimiento de que las amenazas existentes –incluso las acciones de los grupos terroristas y de delincuencia organizada– podían ser combatidas y contenidas con los instrumentos policiales y jurídicos. La violencia política y la mafiosa podían golpear pero casi siempre quedaba claro que –también en los peores momentos– los políticos y los funcionarios sabían lo que se tenía que hacer y conocían bien el perfil del enemigo.

El yihadismo ha descolocado a los gobiernos occidentales. A diferencia de los terrorismos tradicionales, este nuevo enemigo es global, transnacional, suicida, se organiza en red y tiene capacidad de formar fácilmente sus combatientes en es­cenarios de guerra convencional. Además, por su naturaleza, el terrorismo yihadista es una cerilla que puede incendiar es­pacios multiculturales, generar movimientos reaccionarios y populistas y poner en peligro los principios que sustentan las sociedades abiertas, pluralistas y respetuosas con los derechos humanos. No es ningún secreto que uno de los grandes objetivos del yihadismo es conseguir que las democracias creen excepciones polé­micas que desfiguren su razón de ser. La vieja lógica de acción-reacción quiere –en el cálculo más perverso de los ideólogos ­yihadistas– una Europa rota, desmoralizada y con gobiernos autoritarios dispuestos a despreciar las libertades esenciales para hacer la guerra contra los soldados del ­Estado Islámico que surgen donde menos lo pensamos.

En este contexto, quiero formular dos preguntas: ¿qué puede hacer la ciudadanía europea en general?, ¿qué pueden hacer los europeos de fe musulmana? Mientras los gobiernos se enfrentan como pueden y saben al gran desafío (Francia lo hace de una manera, Alemania de otra), la po­blación gestiona el miedo, el desconcierto y la rabia. Ges­tionar estos sentimientos no es fácil y nadie nos enseña cómo hacerlo. El sentido común puede ayudar, pero este tiene que remar contra discursos que pueden confundir o alimentar actitudes negativas. Por ejemplo: hay que hacer un gran esfuerzo por prevenir la islamofobia, pero la mejor manera no es prohibir ciertos debates ni esconder determinadas informaciones, ni tratar con paternalismo condescendiente a las comunidades musulmanas de nuestras ciudades. De la misma manera que debemos exigir a nuestros gobernantes que la lucha contra el yihadismo no se haga aparcando los valores y las reglas que dan sentido a la democracia, hay que exigir a todos los responsables religiosos musulmanes de Europa que sean contundentes y activos en la denuncia y prevención de la radicalización de los jóvenes que se sienten atraídos por la llamada totalitaria.

Hace muchos años –desde primeros de los noventa– que el profesor Gilles Kepel ha explicado a fondo que en Europa está en juego la evolución del islam. Nuestros países son el teatro de una guerra – fitna– entre musulmanes que quieren adaptarse a la modernidad y musulmanes que participan de una visión integrista y totalitaria de la fe. Es difícil separar el yihadismo y la cap­tación de jóvenes por parte del Estado ­Islámico de esta pugna entre una religión dispuesta a asumir el legado de la Ilustración y la democracia y una religión que es un sistema cerrado al margen de los valores básicos europeos. Hace diez años, ­Kepel ponía el foco sobre el reto principal: “En el conjunto de Europa occidental, ­viven más de diez millones de personas originarias del países musulmanes. La mayor parte de sus hijos han nacido en el Viejo Continente, han sido enseñados en escuelas, educados en sus lenguas, aculturados en sus costumbres y usos sociales de sus clases populares. La batalla de Europa, por lo que respecta a ellos, se libra en dos polos contrarios –en medio de los cuales la masa de estos jóvenes se abre camino en función de múl­tiples factores determinantes individuales–”. La detención ayer de dos hermanos en Arbúcies, acusados de financiar presuntamente al Estado Islámico, abre muchos interrogantes sobre lo que hoy entendemos por integración y por arraigo.

¿Viviremos en París, Berlín, Londres, Roma, Madrid o Barcelona como se vive, desde hace décadas, en Tel-Aviv? Madrid ya sufrió el 11-M, hay que tenerlo presente. ¿Qué podemos hacer para convivir sin ­enloquecer con esta guerra que algunos no quieren llamar así? El asesinato de un cura anteayer en Normandía nos recuerda –por ejemplo– que las sinagogas están ­protegidas, desde hace años en Europa, por la policía. Tengo más preguntas que respuestas, lo siento. Pero es mejor hacerlas en voz alta.

 

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