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Francesc-Marc Álvaro | El carrer dels pokémons
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29 jul 2016 El carrer dels pokémons

El otro día vi a dos hombres pendientes obsesivamente de sus smartphones mientras la hija pequeña de uno de ellos –de tres o cuatro años- atravesaba sola un paso de cebra en una zona de tráfico muy intenso. Los dos grandullones iban cazando pokémons y se habían olvidado de todo, pendientes sólo de capturar bichos virtuales y sumar puntos. La escena era cómica y era potencialmente trágica. Es la fiebre de este verano: el Pokémon Go. Otra moda, la de las selfies en lugares de riesgo, ya nos ha acostumbrado a convivir con la vieja estupidez multiplicada por la nuevísima tecnología, lo cual refuerza el absurdo cotidiano. Quiero decir que estamos preparados –me parece- para asumir que un cazador de pokémons acabe haciéndose daño; otra cosa es que eso provoque males a terceros, extremo que –desgraciadamente- no debe descartarse en absoluto.

Una de las cosas más interesantes que dicen los propagandistas del Pokémon Go es lo siguiente: este juego invita a salir a la calle, sus practicantes no se quedan encerrados en la habitación como pasa con la mayoría de videojuegos. He ahí su gran virtud: adolescentes y jóvenes (y los adultos que se enganchan a él) regresan a las calles gracias a Nintendo. Vuelven a las calles y, de paso, hacen un poco de cultura: visitan monumentos, museos, iglesias, plazas y lugares emblemáticos donde están los gimnasios de pokémons y las pokeparadas. El ocio de las maquinitas virtuales se saca de encima una de las críticas habituales. El jugador ya no es aquel sujeto encerrado en su guarida, al contrario: es un caminante incansable que debe hacerse presente en escenarios reales. No diré que el jugador de Pokémon Go es un flâneur en potencia, porque sería una exageración, pero no descarten que detrás de las palomas y las ratas virtuales alguien acabe imitando a Baudelaire.

A mediados de los setenta, volver a la calle significaba recuperar algunas fiestas e inventarse acontecimientos que convirtieran el espacio público en un lugar liberado de la oficialidad que había generado el franquismo. El nuevo folklore, el teatro en la calle, el nuevo circo, la música tradicional reinterpretada, la relectura underground de los carnavales y otros fenómenos surgieron entonces. Las nuevas generaciones se apropiaban felices del paisaje urbano. Recuerden que una de las frases más célebres de Fraga como ministro fue “la calle es mia”. Había que demostrar que no era cierto.

La calle no es hoy de Fraga ni de los que reinventan las fiestas mayores. Es de los cazadores de pokémons, guste o no. Muchos jóvenes quedan para ir a cazar juntos y –según me informa mi hijo- la moda ha conseguido también que algunos adolescentes salgan más a menudo de casa. Nunca como ahora el progreso ha estado tan cerca de la sopa de ajo. Si cazan como si no, que agosto les sea amable.

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