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Francesc-Marc Álvaro | Millor venedor d’idees
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11 nov 2016 Millor venedor d’idees

No han fallado sólo las encuestas. Es evidente que la mayoría de los medios han dejado de hacer su trabajo cuando la victoria de Trump les resulta –nos resulta– una sorpresa tan y tan inesperada. Hay algo llamado olfato periodístico, que se basa en la observación esmerada y directa de los detalles de un acontecimiento. Barbeta, periodista de larga trayectoria y corresponsal de este diario en Washington DC, tiene olfato: es uno de los pocos que iban diciendo que el empresario transformado en candidato podía ganar. Estamos ante un caso de manual para facultades de periodismo: sucede cuando la línea editorial (que todo el mundo la tiene y todas son legítimas) se convierte en una venda en los ojos que impide comprender lo que pasa. Es la apoteosis del prejuicio por encima de los datos bien interpretados. A la mayoría de los medios con sede en Madrid les pasa exactamente lo mismo cuando informan sobre el independentismo y el proceso; también hay cierto periodismo catalán que hace algo equivalente cuando habla del Estado español. Es presentar la propaganda como análisis.

Dicho esto, y huyendo de la reflexión gremial, podemos leer la derrota de Clinton como el drama de una vendedora de ideas que no es creíble. Cualquier político que opta a una alta responsabilidad es –ante todo– un vendedor de ideas; si resulta buen gestor y un líder con visión, son cosas que sólo se ven después, cuando se accede al cargo. En campaña, hay el teatro de las ideas, con mejor o peor escenografía. Pero el ciudadano no vota las ideas de manera abstracta, lo hace encarnadas en un personaje. Y este es el origen de todos los males: la señora Clinton ofreció ideas más sensatas, razonables, modernas y serias que su adversario, pero su mensaje no fue lo bastante creíble para mover a los votantes progresistas que se han quedado en casa. Su imagen antipática de mujer vinculada durante décadas a las instituciones y al establishment ha pesado más que el catálogo de sus soluciones.

Trump, en cambio, en el papel de gran demagogo populista, ha resultado totalmente auténtico y verosímil para el público que iba a pescar. Los que lo han votado no han percibido distancia alguna entre sus peculiares ideas y su polémica personalidad, al contrario: él era todo lo que decía y, a la vez, lo que expresaba reflejaba su alma; lo digo en pasado porque está claro que, como presidente, deberá modular –no sabemos si poco o mucho– su máscara. La fábula del empresario limpio de politiquería que tiene la varita mágica para ordenar el país ha resultado eficaz, a pesar de estar muy gastada.

Trump ha sido mejor vendiendo sus ideas, hasta el punto de que sus compradores no se han fijado en las muchas contradicciones de su programa, como el prometer a la vez la bajada de impuestos y grandes obras públicas para generar empleo.

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