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Francesc-Marc Álvaro | La textura del diàleg
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28 nov 2016 La textura del diàleg

Es difícil que el diálogo pueda convivir con la amenaza y con la represalia. O dialogas o reprimes, las dos cosas al mismo tiempo es complicado. Se especula mucho, últimamente, sobre una supuesta etapa de diálogo entre Madrid y Barcelona a raíz de la configuración del nuevo Gabinete de Rajoy. ¿Intenciones, simulacros, humo o evidencias? De momento, continúa la estrategia de persecución judicial de los políticos independentistas.

Es cierto que, durante la transición, los reformistas del régimen franquista dialogaban mientras usaban el palo. Pero aquel esquema no sirve para hoy, por muchas razones. La principal es que entonces había un objetivo compartido, que era edificar un sistema democrático; ahora, en cambio, el objetivo es justamente lo que provoca la discrepancia: celebrar un referéndum en el cual se pueda preguntar sobre una Catalunya independiente. ¿Se podrá dialogar sobre un referéndum vinculante al estilo del que tuvo lugar en Escocia en septiembre del 2014? Rajoy y sus ministros han dejado claro que este asunto sigue siendo tabú. Porque pactar el referéndum sería admitir que existe una nación –un demos– que puede decidir sobre ella misma. Entonces, ¿sobre qué se hablará?

En el día a día, la carpeta de asuntos pendientes es muy gruesa, empezando por la financiación y la falta de inversiones en infraestructuras. ¿Se pueden abordar estas realidades mientras el conflicto se va pudriendo en los tribunales? Un conseller se reúne con un ministro y los dos conversan sobre competencias y recursos, como si viviéramos en el mundo de antes del 2012, pero las cosas han cambiado y ellos lo saben. A pesar de todo, el conseller y el ministro deben comunicarse. Los ciudadanos tienen problemas, las administraciones no pueden ser un espectador. El gran conflicto sobre la soberanía no borra los demás. El no-referéndum mata la política, pero no congela la necesidad de hacer políticas. Sin embargo, el tiempo de unos y otros no es el mismo. Y cada interlocutor tiene su respectivo calendario en la cabeza.

Una cosa es hablar –por ejemplo– de poner fin al escándalo diario de cercanías de Renfe y otra –muy diferente– es hablar de un referéndum que contemple la secesión. Son conversaciones de ámbito y nivel incomparables, como es obvio, pero es extraño que no acaben vinculadas de una u otra forma, en la medida en que todos los conflictos sobre el interés general en Catalunya hacen referencia –por activa o por pasiva– al gran conflicto entre un poder estatal centralizador y una parte de la sociedad catalana dispuesta a dotarse de un nuevo Estado. La solución de este bloqueo no puede ser otra que asumir la naturaleza política –no judicial– de la demanda independentista. Y eso tiene poco que ver con celebrar un consejo de ministros en Pedralbes o con nombrar a un delegado del Gobierno que sonría algo más cuando concede entrevistas.

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