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Francesc-Marc Álvaro | Clima y convicciones
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25 nov 2019 Clima y convicciones

Tenemos escrito que, durante años, ERC consiguió acomplejar a las bases de CiU de manera tal que los convergentes querían ser tan contundentes como los republicanos en ciertos discursos, a la vez que la CUP consiguió lo mismo con las bases de ERC. Eso se ha notado mucho (y todavía se nota) en la vida municipal, y explica algunas rupturas y pactos, y también situaciones kafkianas en algunos consistorios. Los hechos de octubre del 2017, la DUI fake , el 155, las elecciones del 21-D, la cárcel, el exilio y la sentencia del Supremo han intensificado este fenómeno pero han modificado la posición de los actores: ahora son las bases de ERC las que notan la presión permanente de JxCat, que, a su vez, es altamente sensible a las posiciones de la CUP, de la ANC, de los CDR y de los guardianes de la ortodoxia unilateral. Es en este clima que los partidos independentistas se mueven y calculan sus pasos.
 
Lo dijo Iceta ayer en RAC1 y tiene razón: sorprende que ERC no muestre más seguridad en sus posiciones actuales cuando es un hecho que los de Junqueras llevan varios comicios siendo el partido más votado en Catalunya, lo cual es un aval. La consulta a la militancia sobre un acuerdo con el PSOE está pensada para presionar a Sánchez, pero también para solemnizar un consenso interno que tiene relación directa con la autoridad especial de que disfruta hoy Junqueras desde la cárcel, un ascendiente que no había tenido ningún dirigente republicano desde 1977. Por debajo de esta desazón, está el temor a no ser comprendidos por los electores cuando lleguen las catalanas, las que tendrán que clarificar –se supone– qué camino adopta a medio y largo plazo el independentismo político. En el trasfondo, también está la memoria del voto de castigo que ERC recibió después del segundo tripartito, un sentimiento que convive con el orgullo de los actuales dirigentes por un pacto que Carod-Rovira justificó con unos argumentos parecidos a los que Junqueras utiliza hoy para insistir que hay que “ampliar la base”.
 
Mirémoslo sin filtros: la dirección de ERC tiene la convicción de que la política de bloques está agotada y que el futuro pasa por explorar nuevas alianzas en Catalunya, hipótesis que no puede desconectarse precisamente del papel de los republicanos en la política institucional en Madrid. Por eso es tan importante que Sánchez haga posible un acuerdo que no parezca un “gratis total” de ERC y que, a la vez, no sea denunciado por la derecha y sus medios como una “rendición ante los sediciosos”. La mesa de diálogo (y cómo se define) es la metáfora que debería permitir cuadrar el círculo y salir del bucle.
 
Aunque el pacto de JxCat y el PSC en la Diputación de Barcelona y el acuerdo fallido entre Colau y Maragall en el Ayuntamiento barcelonés sugieren otra cosa, el factor principal que determina todo este sudoku es que JxCat (y mientras Puigdemont lidere) sólo puede pactar con ERC (y la CUP) mientras ERC puede pactar también con los comunes y los socialistas. Y el clima, además, lo tapa todo.

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