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Francesc-Marc Álvaro | Arroz y gendarme
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29 nov Arroz y gendarme

Una escena familiar de los cincuenta: una mesa a la que se sientan padres, abuelos e hijos, todos a punto de zamparse un arroz. Una escena pública de 1939: hileras de personas que pasan la frontera con maletas y fardos, huyendo de la España de Franco mientras los gendarmes se lo miran con el ademán de quien quiere hacer rutina de lo excepcional. Arroz y gendarme. Todo eso lo he visto en la magnífica exposición de pinturas de Daniel Berdala, que todavía pueden visitar –hasta mañana sábado– en la pequeña sala La Mirada Expandida, en Bailèn, 119.

Les hablo de ello porque me emocionó lo que vi allí. Cuidado, porque las emociones están de rebajas y el término es sobado por cualquier vendedor de humo. Digo emocionar y quiero decir que encendió el interruptor más delicado de la intuición y del discer¬nimiento. Berdala apunta los nexos sutiles entre la memoria íntima y la memoria colectiva, entre el lirismo ordinario de cada hogar y la épica amarga de la historia reciente. Imágenes de la vida cotidiana bajo la dictadura –sensacional pintura de un grupo de jóvenes en Vespa– y también imágenes de la vida abrupta de los derrotados que emprenden la ruta del exilio entre las montañas, “sense dir res”, como refirió el poeta. El ejercicio de autorreconocimiento que nos propone Berdala nos interpela sobre la superposición de los pasados que llevamos en la mochila. A veces, somos ignorantes de ello, pero los vamos trajinando. Por eso la exposición se titula, acertadamente, Pensava que ho sabies . Pero nunca lo sabemos todo, siempre hay ángulos muertos de la memoria. Bromeando, le digo a Berdala que tendría que poner otro título: Arroz y gendarme.

Daniel Berdala apunta los nexos sutiles entre la memoria íntima y la memoria colectiva

A partir de fotografías familiares y de André Alis, el farmacéutico de Prats de Molló que atrapaba la realidad que veía en la frontera, Berdala evoca momentos donde las figuras –desdibujadas o empañadas– tienen el prota¬gonismo de los viejos fantasmas que no pueden escapar del castillo. Son figuras ajenas a la historia porque forman parte de un presente que hemos convenido en hacer eterno y efímero a la vez. Como el retrato de la madre del ¬artista contemplando el horizonte, una presencia que nos reclama y que quiere conjurar las trampas de la añoranza y la nostalgia. Como esos hombres que cruzan la raya, cabizbajos. El dolor y la pérdida están ahí, pero no lo chupan todo: hay espacio para la compasión, sin estridencias. Diríamos espacio para la esperanza, si no fuera ¬demasiado solemne. Hoy y mañana todavía pueden disfrutar de este viaje a sus adentros.

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