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Francesc-Marc Álvaro | La historia se pudre
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12 dic La historia se pudre

Hace tiempo que pienso que, casi siempre, detrás de un fanático acostumbra a haber un cínico. Y también es frecuente que detrás de un cínico se esconda una ambición mal gestionada. La siguiente frase me lo confirmó, una vez más: “El momento político actual es más difícil que cuando ETA mataba”. Eso ha salido de la boca de Cayetana Álvarez de Toledo, portavoz del PP en el Congreso y diputada por Barcelona.
 
Me llegan estas declaraciones mientras paseo por las salas del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, en Washington DC, un equipamiento cultural de primer nivel, inaugurado hace poco más de tres años. El visitante encuentra, muy bien expuesta, la vida de una parte de los ciudadanos de Estados Unidos, marcados por la esclavitud, la sumisión, el menos­precio, la segregación, y también la lucha constante por la libertad, los derechos civiles y el respeto. Es un museo sobre la identidad como conquista, sobre el dolor como huella, y sobre la construcción compleja de una ciudadanía, a partir del progreso moral y de los obstáculos que se oponían y todavía se oponen a ello. El recorrido histórico termina con la elección de Obama, el primer presidente negro, el año 2008. Es chocante encontrarse con objetos y carteles de esa campaña cuando en la Casa Blanca, hoy, ­está un personaje como Trump. Es chocante y desalentador.
 

Álvarez de Toledo no ha calculado que la máscara del fanatismo cínico la puede acabar ahogando

 
El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana es un proyecto riguroso, elaborado con mucho cuidado de los detalles, que consigue explicar los hechos y también las atmósferas de un pasado que todavía es una herida abierta. La verdad histórica que se expone en este museo convive, desgraciadamente, con las mentiras de esos que, dentro de la sociedad norteamericana, emiten mensajes diarios de supremacismo blanco, de racismo más o menos explícito y de odio sistemático hacia las personas de cualquier minoría. Esta cohabitación de realidad histórica y desinformación propagandística es desconcertante y abre muchos interrogantes. ¿Cómo puede ser que el mismo país que construye este magnífico museo al servicio de la verdad sea presa tan fácil de falsedades, rumores y fake news ? Recuerden que Roger Stone, asesor republicano clave en la construcción de la carrera política de Trump, fue el padre de esa campaña que se basaba en una mentira mil veces desmentida: que Obama no es estadounidense de veras, una idea tóxica que se ha introducido en la cabeza de miles de ciudadanos.
 
¿Qué importancia tiene la verdad para Trump? ¿Qué importancia tiene para Álvarez de Toledo? Afirmar que el momento político actual es más difícil que cuando ETA mataba es emitir intencionadamente una historia fake , que pretende sustituir a la historia documentada y cambiar la percepción para obtener, a su vez, un rédito partidista. La marquesa de Casa Fuerte no es muy original, sólo ejerce de continuadora de ciertas consignas infames que Mayor Oreja ya ­había hecho circular, con todo tipo de variantes narrativas. Añade, eso sí, su peculiar énfasis. Pero esta vez, a la luz de algunas ­reacciones contrarias de víctimas de los atentados de ETA y de dirigentes populares, queda claro que Álvarez de Toledo no ha calculado que la máscara del fanatismo cí­nico la puede acabar ahogando el día menos pensado.
 
La estrategia de la que forma parte este episodio lamentable está a la vista de todo el mundo. Primero: decir que ETA y el independentismo catalán democrático tienen el mismo proyecto. Segundo: decir que los independentistas catalanes son tan violentos como los etarras. Tercer y último paso: decir que lo que pasa hoy en Catalunya es mucho peor que lo que provocaban las bombas y los tiros en la nuca. Llegados a este punto, la historia corre el riesgo de ir pudriéndose. Por eso es tan importante que hablen en contra de esta desfiguración los que lo pueden hacer con más autoridad y claridad. La miseria moral de ciertas comparaciones queda bajo una luz muy potente si levantan la voz los que sufrieron aquel mal directamente, testigos que rehúyen el juego estrafalario. Es una miseria moral que –por cierto– va revestida de superioridad moral y de constantes apelaciones a las leyes y a la Constitución.
 
El pasado como podredumbre en manos de algunos políticos y periodistas sin es­crúpulos. Como si el público no tuviera memoria de las cosas, como si no hubiera que respetar unos mínimos factuales para hablar. Pero no caigamos en la trampa que apunta Hannah Arendt: “No es probable que la indignación moral, por sí misma, ­consiga hacer desaparecer la mentira”. Es obvio. Hipermoralizar la conversación pú­blica puede representar, sin querer, un ­reforzamiento de algunas posiciones que sólo funcionan con este combustible. Por tanto, intentemos que sea en el terreno ­estricto (más frío y más racional) de la polí­tica donde ganemos esta partida decisiva. Si no lo hacemos así, quedaremos atrapados en un laberinto que quizá nos dará mucha satisfacción ética pero que no nos permitirá restituir, con fuerza, el sentido de los acontecimientos que alguien ha tergiversado ­salvajemente.

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