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Francesc-Marc Álvaro | La madre que la parió
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19 dic La madre que la parió

Y el futuro, qué? Se acaba el año pero el ritual ordinario de clausura no sirve porque lo más importante está abierto. Aquí, abierto es sinónimo de incierto. Conversación tranquila sobre el futuro de Catalunya, de España y del conflicto que vivimos. Sin querer, todo el mundo hace sus previsiones, pero las denominamos escenarios . Si hablas de escenarios, parece que no juegas a futurólogo ni pretendes acertar, es un modo ­cauteloso de intentar saber lo que vendrá. ¿Escenarios posibles? A corto plazo, tendremos un nuevo gobierno de centroizquierda que empezará un diálogo político sobre Catalunya, cuya concreción desconocemos pero es obvio que no podrá ser ni superficial ni coyuntural; venimos de tantas desconfianzas acumuladas que ahora necesitamos una dosis extra de compromiso de todos los actores, no bastará con gestos vacíos, que serían un fracaso. En el PSOE, quiero pensar, son conscientes de ello.
 
¿Y más allá? Me apuesto lo que quieran que el ejecutivo Sánchez-Iglesias durará más de lo que sus detractores quieren y esperan, y que será más estable de lo que predicen muchos entornos madrileños. ¿Motivos? Es el primer gobierno de coalición en España desde 1977, que llega después de un desgaste agudo de los mecanismos de representación, un impasse incomprensible para una gran mayoría, sobre todo para los votantes de izquierdas. No hay margen para más frivolidad, hemos tocado fondo. Si el futuro gobierno se encalla en constantes pugnas internas y no es capaz de transmitir fiabilidad y control, el PSOE y Podemos se desgastarían de un modo tan suicida que la llegada del PP al poder no tendría traba. Asimismo, la presión de la derecha mediática y social en Madrid será tan intensa que contribuirá poderosamente a cohesionar a los socios, es una ley muy antigua.
 

González en 1982 y Aznar en 1996 pretendían moldear el país con proyectos muy pensados

 
Llegados a este punto, me pregunto si, además de gobernar con unas políticas supuestamente más sociales, el nuevo gabinete tendrá impulso y voluntad de intro­ducir una nueva cultura política favorable a la pluralidad y a la diversidad o se limitará a defender las posiciones sin intentar transformar a fondo los marcos de interpretación y las mentalidades colectivas. González en 1982 y Aznar en 1996 fueron ambiciosos: ambos entendían el gobierno como la principal máquina para trans­formar la sociedad. El cambio socialista y la segunda transición popular pretendían moldear el país de acuerdo con unos proyectos muy pensados. Alfonso Guerra, hombre de ­verbo fácil, lo sintetizó gráficamente: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”.
 
PSOE y Podemos no son lo mismo, pero gobernarán juntos. ¿Elaborarán Sánchez e Iglesias un proyecto que no sea una simple cobertura efímera para la cohabitación de ministerios repartidos con criterio partidista? ¿Y serán capaces, los líderes del PSOE y de Podemos, de aprovechar la legislatura para plantear una batalla cultural para favorecer una España más abierta, más plurinacional y menos prisionera de la agenda territorial-identitaria de la derecha? La estabilidad del futuro ejecutivo español dependerá del apoyo de los partidos catalanes y vascos, lo cual es un incentivo para que se trabaje en este sentido, aunque algunos barones regionales del PSOE y otros elementos intentarán que pase todo lo contrario, y por eso desfiguran con mala fe el papel del PSC, que será clave en esta geometría compleja. La madre que la parió –si se me permite–hace años que espera novedades que traigan aire fresco.
 
No estará de más recordar que estamos donde estamos porque se ha roto el guion de los vigilantes más ortodoxos del establishment, los mismos que se opusieron a la moción de censura contra Rajoy y los mismos, que, después, anhelaban un gobierno formado por PSOE y Cs. Los mismos, hay que añadir, que se consideran traicionados porque el Supremo no condenó por rebelión a los dirigentes del procés catalán.
 
La crisis catalana, que no se resolverá de un día para otro, puede ser vista por algunos como un obstáculo para generar una nueva cultura política en España, como si el conflicto obligara a suspender la imaginación y a entregar el manual de gobierno a los profesionales del quietismo. Pero es justamente al contrario: la necesidad de dialogar sobre Catalunya es una oportunidad para reformular ideas y revisar esquemas, asumiendo que el momento ideal para abordar un contencioso de esta envergadura no existe. Por lo tanto, lo más conservador que puede hacer Sánchez con Catalunya es también lo más audaz: hacer política de verdad, con voluntad de relacionar los avances en este campo con una agenda reformista general, que sólo tendrá sentido si no deja de lado el principal problema del Estado. Lo escribiré una vez más: no se puede gobernar España sin una política seria y nueva sobre Catalunya.
 
Sánchez e Iglesias deberían tener presente algo de lo que nos avisa Shakespeare: “El rumor, semejante a la voz del eco, dobla el número de los que juzgamos enemigos”. Hoy, el rumor son las redes sociales y su enorme capacidad de emitir voces equí­vocas de un eco incesante. Hay que huir de la burbuja.

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