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Francesc-Marc Álvaro | Trasteros y luces
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26 dic Trasteros y luces

Acompañé al tío Baixamar ayer, tarde de Sant Esteve, a un guardamuebles próximo al aeropuerto de El Prat. Llegamos cuando parecía que la zambomba oscura del poeta sonaba dentro de nosotros con intensidad cabrona, y todas las sombras de la carretera eran guerreros de una vieja película de aventuras. No había ni un alma en el recinto y recorrimos esos pasillos con la actitud del ladrón que se estrena. Habíamos dejado en la mesa a la familia, algún amigo náufrago y una conversación que languidecía en medio de licores, somnolencia y aburrimiento. El tío me lo pidió y no pude negarme.
 
Desde que está en la residencia y los hijos decidieron reformar y alquilar el piso donde había vivido más de cincuenta años, Baixamar ha guardado una parte de sus objetos aquí. Tiene ­almacenados tres pequeños muebles, pinturas de un cierto interés, libros –pocas cajas porque la mayoría de los volúmenes fueron a parar al trapero–, la colección de sellos, alguna pieza ­vagamente exótica, muchas foto­grafías y algunas cajas de contenido impreciso y variado.
 

Fui feliz unos segundos, porque sentí que habíamos entrado en un cuadro de Magritte

 
Levanté la puerta metálica y entramos en el trastero haciendo una reverencia inconsciente. La contemplación de los souvenirs apilados de una vida produce, en este tipo de espacios reducidos, la necesidad de tener fe y algún dios a mano. Ocurre un poco como con los marineros en alta mar. Mi amigo empezó a moverse sin decir nada. Quedaba poco espacio practicable y pensé que tendríamos que empezar a mover las cajas o no podríamos hacer nada. Entonces, observé la escena desde fuera. Éramos arqueólogos de una civilización única y perdida.
 
“Ya lo tengo”, dijo el tío. Estaba tan colgado de mis fantasías que no vi lo que se guardaba –me pareció– en un bolsillo del abrigo. Salimos del guardamuebles tal como habíamos entrado: sin dar con ningún otro ser humano. Fui feliz durante unos segundos, porque sentí que habíamos entrado en el cuadro de René Magritte titulado El imperio de las luces II , pero después me desengañé; el paisaje era el de siempre: una pizzería de carretera, una gasolinera, automóviles arriba y abajo. El artista belga realizó una serie de pinturas con este título y, en todas, un cielo de día repleto de nubes convive con la penumbra fascinante de unas calles donde hay el contrapunto de las luces de algunas farolas y de las luces del interior de las casas que vemos por las ventanas. La paradoja hecha paisaje.
 
No pude aguantarme más y, al final, se lo pregunte: “¿Qué has venido a buscar, tío?”. Sonrió. “Eres tú quien se lo lleva”, replicó.

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