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Francesc-Marc Álvaro | Esperando el fracaso
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02 mar Esperando el fracaso

Sobre el papel, el mitin multitudinario del pasado sábado en Perpiñán tenía como excusa la celebración de un éxito del independentismo: que Carles Puigdemont, Toni Comín y Clara Ponsatí han tomado posesión de sus escaños en el Parlamento Europeo, a pesar de la persecución de la justicia española. Eso da moral a las bases, lógicamente desconcertadas y desfibradas desde octubre del 2017, pero no desmovilizadas, como se volvió a comprobar.
 
Por debajo de la vindicación de esta victoria, lo que anima de verdad a los convocantes del acto de Perpiñán –casi todos los discursos lo manifestaron– es la espera de un fracaso rotundo: el de la mesa de diálogo de gobiernos, que se puso en marcha el miércoles en Madrid. Puigdemont no dijo nada de esta iniciativa, prefirió delegar en Ponsatí (que encarna la pureza del activista) la enmienda a la totalidad de una negociación que, paradójicamente, el expresident quiere controlar, mediante la participación de dos personas de su estricta confianza. Me hubiera gustado ver la cara del president Quim Torra mientras Ponsatí advertía al público de que “no nos dejemos engatusar por futuras fotos de mesas y diálogos engañosos que sólo buscan ganar tiempo para Pedro Sánchez”.
 

Puigdemont mantiene la ambigüedad, un rasgo característico del pujolismo

 
Más que la fiesta de arranque de la precampaña de Puigdemont (que también lo fue), el mitin de Perpiñán pretende cambiar sin disimulo el marco imperante hoy en Catalunya, que es el del intento de explorar una salida pactada al conflicto. Contra el marco que Esquerra Republicana ha fijado para transitar a largo plazo, Puigdemont apela a las emociones y al mito de la revuelta pendiente, para instaurar el marco del fracaso del diálogo (el cuanto peor, mejor), que le daría la razón y lo haría automáticamente vencedor. Los silbidos de una parte de los asistentes a las palabras grabadas de Oriol Junqueras indican la dureza de la partida.
 
El marco que ERC ha fijado parte de una realidad tozuda que, en la práctica, Junts per Catalunya también asume, a pesar de negarla retóricamente: no hay apoyo social ni bastante fuerza para repetir la vía unilateral. En cambio, el marco del fracaso que Puigdemont quiere hacer dominante parte de la promesa de una independencia exprés, la del proceso original. Por eso alimenta una burbuja épica que sus seguidores celebran pero que lo aleja de la Catalunya de ahora, que no vive el mismo ambiente que en diciembre del 2017, cuando se celebraron las últimas elecciones al Parlament. En este sentido, es muy revelador que el lema del mitin fuera “La República al centre (del món)”, un mensaje que –más allá de la referencia daliniana– transmite un irrealismo involuntariamente paródico.
 
Puigdemont, que quiere superar el espacio convergente, mantiene un rasgo característico típico del pujolismo: la ambigüedad. Su consigna del sábado fue “preparémonos”. El objetivo de esta preparación, según añadió, es la “lucha definitiva”, horizonte inconcreto que cada uno puede imaginar como quiera, porque la ausencia de estrategia es clamorosa: el momentum , el desbordamiento popular, la desobediencia a gran escala, el Maidán catalán, la llegada de mediadores de la Unión Europea… O la victoria electoral de JxCat.

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