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Francesc-Marc Álvaro | El desconcierto de la señora Pérez
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05 mar 2020 El desconcierto de la señora Pérez

No les hablo de ella desde el 2016, me parece. Hoy regresa a estas páginas. Es la señora Pérez, una votante de CiU que, como tantos ciudadanos durante muchos años, optaba por esta opción porque tenía la percepción que defendía “lo que es nuestro”, de manera muy práctica y (aparentemente) poco ideológica. A estas alturas de la película, la señora Pérez está desconcertada, como muchos. Su confusión va acompañada de irritación ante algunas actuaciones del Estado, de molestia por algunas cosas que hacen los partidos independentistas y, sobre todo, de solidaridad con los presos y los exiliados del procés . No hace falta decir que la confesión de Pujol sobre la herencia escondida la dejó aturdida, que pasó del estupor a la indignación y, finalmente, fue presa de un desengaño profundo, un escepticismo agudo que todavía le ronda.
 
Hace cuatro años les explicaba: “Desde el 2012 y por influencia –sobre todo– de sus hijos, la señora Pérez fue abrazando el independentismo progresivamente, evolución que la llevó a votar Junts pel Sí el 27-S. Ella resume este giro de manera muy sencilla: ‘Nos han agotado la paciencia’. Su marido no lo ha visto tan claro y todavía forma parte del grupo de los que añoran la CiU de antaño”. Perdí de vista a la señora Pérez cuando CDC dio paso al PDECat y, entonces, me pregunté qué ofrecía la nueva marca “a las señoras Pérez –viejas y jóvenes– de este país tan extraño”. Con la llegada de la coalición Junts per Catalunya, el surgimiento de la Crida, la congelación del PDECat y otras maniobras en el terreno posconvergente, la respuesta a esta cuestión se ha aplazado indefinidamente.
 

Es lógico que los votantes concernidos por el independentismo exijan unas posiciones claras

 
Pronto –dicen– habrá elecciones en Catalunya y la señora Pérez será llamada a elegir. Los candidatos de ERC, los del PSC y los que vendan un nuevo proyecto (el grupo de Poblet o plataformas similares) intentarán conectar con la señora Pérez, que también será objetivo de la candidatura que organice Carles Puigdemont, aunque hay algunas voces de este ámbito que hacen y hablan como si este tipo de elector hubiera dejado de existir, o como si fuera un estorbo que les recuerda demasiado al pujolismo que quieren borrar. Pero es difícil aspirar a un buen resultado si no tienes en cuenta a las señoras Pérez, algo que saben perfectamente todos los que analizan encuestas y hacen números dentro de los partidos.
 
El drama de la señora Pérez es que recibe mensajes muy contradictorios. Y no es que no le gusten la variedad y los matices, al contrario. Por ejemplo, el 26 de mayo del año pasado, jornada en que coincidieron los comicios europeos y los municipales, decidió que votaba a Puigdemont para la Eurocámara y a ERC para su Ayuntamiento. Pero decidir entre opciones en las futuras catalanas será bastante más complicado. La gente con la que ella se había identificado habitualmente, los convergentes, aparecen hoy como una olla de cocido, dentro de la cual no se sabe si acabará disolviéndose el ­PDECat, si se mantendrá la marca JxCat, o si se obtendrá un caldo de sabor nuevo que llevará por nombre la Crida y aspirará a convertirse en la última y definitiva mutación del pospospujolismo. Uno de sus hijos le ha comentado que no parece nada fácil –explican los medios– ordenar todo lo que ahora se mueve en torno a Puigdemont, para elaborar una lista que sea al mismo tiempo convergente, anticonvergente y posconvergente, para decirlo como lo piensan algunos.
 
Más allá de las marcas electorales, el asunto que más inquieta a la señora Pérez es aclarar si tiene más razón Artur Mas (que aparca la vía unilateral y confiesa que se equivocó cuando fijó un plazo de 18 meses para culminar la independencia) o Carles Puigdemont (que remarca que no ha abandonado “nunca la vía unilateral” como último recurso, considera que la mesa de negociación “de momento, no es útil”, y añade: “No debemos esperar tiempos mejores, ya los tenemos aquí”, descripción que otros independentistas no comparten). ¿Qué presidente de la Generalitat afina más en el diagnóstico, el 129.º o el 130.º? La señora Pérez se lo pregunta de buena fe, al igual que lo hacen muchas personas que intentan comprender dónde estamos y hacia dónde –se supone– vamos. Es legítimo y lógico que los votantes –también los que se sienten concernidos por el independentismo– exijan un diagnóstico y unas posiciones claras, que no escondan las discrepancias evidentes (ayer afloraron nuevamente en el Parlament) mediante una apelación genérica y condescendiente a “la complementariedad de estrategias”. En este sentido, produjo un efecto extraño –a la señora Pérez y a otra gente– ver a Mas aplaudir algunos de los discursos de Perpiñán, después de una semana explicando su sofisticada propuesta de una salida al conflicto que pase por las ­urnas.
 
Las cosas han cambiado desde el 2012 y también lo ha hecho la señora Pérez, que intenta combinar su ilusión por una Cata­lu­nya independiente con la decepción que proviene de otoño del 2017, y el realismo indispensable para no caer en el cinismo defensivo ni en el fanatismo paliativo. Ni en la combinación letal de ambas actitudes.

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