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Francesc-Marc Álvaro | Los últimos días
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13 mar Los últimos días

En muchas películas de ciencia ficción, dramas distópicos o catastróficos, el guion se articula sobre la idea de “los últimos días” antes de algo. Últimos días antes de que la Tierra choque contra un gran meteorito, últimos días antes de una terrible explosión nuclear, últimos días antes de una plaga indestructible, últimos días antes de que todos los humanos muten en zombis o en individuos que se suicidan de mil maneras… Las imágenes arquetípicas de los últimos días combinan desesperación depredadora (saqueo de tiendas) y esperanza fraternal (reuniones de extraños que, en círculo, se cogen de las manos y entonan cánticos), en un retablo variopinto que exhibe toda la escala de grises del alma humana sometida a la llegada del fin. Las fotos de calles y plazas vacías, en Italia, y de carritos de súper llenos hasta los topes (de papel higiénico y demás), en Madrid, me hacen pensar en los últimos días. Algo se acaba, o lo parece. No es la estupidez.
 
No se trata del Apocalipsis, aunque las ficciones de consumo nos han entrenado para que veamos el cuadro con esos ojos. En realidad, son los últimos días antes de: a) el cierre total y el confinamiento general; b) la remisión (esperemos) de la pandemia; y c) la vuelta a la vida normal, cuando toque. Con algunos compañeros del trabajo bromeamos mientras chocamos el codo estentóreamente: “¡Nos vemos en Navidad!”. La sensación es ambigua: el panorama es más sombrío y preocupante que la semana pasada, pero no podemos liberarnos de cierta incredulidad ante lo que nos viene encima. Hemos consumido demasiadas series. Leemos y escuchamos al doctor Trilla y, entonces, volvemos a la severa realidad.
 

Doy con amigos que hablan como si al planeta le quedaran dos telediarios

 
Los últimos días, vistos como un gran espectáculo, ejercen una fuerte fascinación, como la que sentimos al asomarnos al abismo. Es la teatralización de una situación excepcional que, a ratos, parece uno de esos sueños agobiantes de los que despertamos sudados y aturdidos. Los últimos días invitan, tal vez, a la sinceridad, porque doy con amigos y conocidos que hablan como si al planeta le quedaran dos telediarios. Es algo estimulante, que compensa un poco de los que van repitiendo la matraca de que “toda crisis es una oportunidad”.
 
Vistos al detalle, los últimos días nos muestran también la tontería en estado puro. Como la de los que hablan pensando que todo el mundo puede teletrabajar –falacia descomunal– y la de los que predican que ralenticemos el ritmo de vida, como si pudiéramos volver, de la noche a la mañana, a los tiempos de María Castaña.

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