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Francesc-Marc Álvaro | Miedo y mando
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19 mar Miedo y mando

Tras pensar que vivimos en un mundo cada vez más horizontal (esa es la utopía que venden lo digital y las redes sociales) se impone lo vertical a pelo. Frente al miedo y la incertidumbre, vamos a dar con eso que sustentamos con nuestros impuestos, con eso que tiene el monopolio de la violencia legítima, con eso que algunos han dicho que iría desapareciendo en beneficio de soberanías más blandas y difusas: el Estado-nación de toda la vida, más o ­menos puesto al día, y dotado de una burocracia encargada de lo ordinario, a la que ahora exigimos abordar lo extra­ordinario.
 
¿Miedo o mando? Es una pregunta meramente retórica, puesto que la ciudadanía elige siempre mando, como corresponde a la envergadura del problema que nos tiene encerrados en casa. Porque la alternativa al mando no es la autogestión ideal de los individuos (que sí se da a pequeña escala, como un bloque de vecinos o un barrio), sino el regreso al estado de naturaleza, la ley del más fuerte, el todos contra todos, el caos. El mando, en China y en cualquier régimen totalitario o autoritario, reposa en la imposibilidad de un control cabal por parte de la ciudadanía de las decisiones tomadas por los dirigentes. En cambio, en las democracias, se presume que el mando (por reforzado y excepcional que sea, caso del llamado “estado de alarma” en España) sigue sometido al escrutinio de la sociedad, a la división de poderes, y a las garantías que protegen a los individuos, también frente a eventuales arbitrariedades de las administraciones públicas.
 

La idea del Estado-nación y la soberanía clásica vuelve a ocupar el centro de la escena

 
El Estado-nación de las democracias actuales actúa, sobre el papel, como un Leviatán con bozal que el gobernante de turno conduce con mayor o menor acierto. A este Leviatán le cede temporalmente la ciudadanía parte de sus libertades, para contribuir a un objetivo superior, urgente e ineludible. Las bridas de este Leviatán no son fáciles de manejar y puede ocurrir que su escudo protector no alcance a todos o, por el contrario, nos asfixie; esta tensión es insoslayable y desborda el clásico debate libertad-seguridad, tan recurrente en los años posteriores a los atentados del 11-S. Así, llegado el caso, aparece la tormenta perfecta: miedo y mando solapados. Por eso son tan peligrosos los nostálgicos que confunden lo vertical con lo eficiente. Hay muchos.
 
El Leviatán absolutista de Hobbes es “un Dios inmortal al que debemos la paz y defensa: ya que por la autoridad a él conferida por cada individuo de la comunidad, tiene tanta fuerza y poder que puede dominar, por el terror, la voluntad de todos con miras a la paz interna y a la ayuda mutua contra los enemigos exteriores”. Pero hay margen frente al monstruo, a pesar de todo. Se entiende, y así lo considera el pensador inglés, que la obligación “de los súb­ditos para con el soberano durará mientras, y no más allá, este sea capaz de protegerlos”. En el Leviatán domesticado de nuestras democracias, se mantiene este contrato, pues el ciudadano (ya no súbdito) espera que el ejercicio del poder sea responsable y eficaz, también frente a una situación excepcional.
 
Dicho de otro modo: el Gobierno de Sánchez puede hacer muchas cosas para combatir al Covid-19 pero no puede hacerlo todo. Y, en cualquier caso, deberá rendir cuentas (en su momento) a la sociedad, a través del Parlamento y la opinión pública. De todo ello se deriva que la gestión política de la pandemia se convierte en un examen no buscado de legitimidad, para el Gobierno y para el mismo Estado, quiérase o no. Y por eso la toma de decisiones al más alto nivel durante estos días trasciende la emergencia sanitaria y pone a prueba la credibilidad de todo el sistema, y la auto­ridad de quienes están al mando. En otros tiempos, tras la peste y demás plagas no era extraño que se produjeran motines, revueltas y revoluciones.
 
Estamos en el siglo XXI, no el siglo XVII. Un tuit puede provocar la dimisión de un gobierno, la caída de las bolsas o una protesta en las principales capitales del planeta. No obstante, el poder sigue siendo algo tremendamente duro y quebradizo a la vez. Retengan lo que escribió Francis Fukuyama en el 2012: “No existe ninguna garantía de que una democracia determinada continúe ofreciendo a sus ciudadanos lo que promete, así que no existe la garantía de que siga siendo legítima ante sus ojos”. Piensen en ello cuando vean en la televisión a un gobernante, de aquí o de donde sea, explicando las medidas de choque para que el impacto económico y social del coronavirus no nos deje a la intemperie. En el caso español, tengan en cuenta también que la emergencia sanitaria coincide con una nueva crisis en la institución monárquica, un episodio cuya gravedad y alcance se ven difuminados, de momento, a causa del monotema que domina la agenda informativa.
 
La idea del Estado-nación y la soberanía clásica (la de fronteras, banderas y militares en las calles) vuelve a ocupar el centro de la escena, precisamente cuando nos enfrentamos a una crisis global, que desborda los viejos paradigmas y exige algo más de imaginación. Regresa un dios que nunca ha dejado de estar ahí.

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