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Francesc-Marc Álvaro | Cómo cambiaremos
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20 mar Cómo cambiaremos

No llevamos ni una semana confinados y ya es­peculamos sobre cómo nos cambiará la existencia la crisis sanitaria que vivimos hoy. De momento, cuando salgo para ir a comprar comida, me sorprende el aspecto de algunas personas protegidas con mascarilla, sombrero y guantes; parecen figurantes de una película. Admito –me perdonarán– que algunos detalles de esta puesta en escena me dan más miedo que el coronavirus propiamente dicho. Pero veo las terribles imágenes de Bérgamo, donde los militares trasladan los cadáveres porque el cementerio y el crematorio locales están a tope, y no sé qué decir. Y ya no puedo bromear, ni puedo pensar en cómo cambiará nuestra vida después de la pandemia, porque el presente es demasiado intenso. El ahora y aquí reclama toda la atención.
 
Lo que está pasando en Bérgamo, Milán y otras ciudades del norte de Italia hace pensar en las crónicas y pinturas que recogen las tragedias que antaño, sobre todo en la época medieval, producía la peste. Encuentro este texto, escrito por un religioso que fue testigo de la peste en Milán, en 1630: “La confusión de los muertos, de los moribundos, del mal y de los gritos, los aullidos, el espanto, el dolor, las angustias, los miedos, la crueldad, los robos, los gestos de desesperación, las lágrimas, las llamadas, la pobreza, la miseria, el hambre, la sed, la soledad, las cárceles, las amenazas, los castigos, los lazaretos, los ungüentos, las operaciones, los bubones, los carbuncos, las sospechas, los desmayos”. No lo pongo para generar más temor, al contrario. Es sólo para certificar que hemos progresado y que, a pesar de las dificultades enormes que vivimos, nuestros antepasados lo pasaron mucho peor, recordémoslo. No hagan ningún caso de los que digan otra cosa.
 

Algunos detalles de esta puesta en escena me dan más miedo que el coronavirus

 
¿Cambiaremos sustancialmente una vez hayamos superado esta prueba? ¿Seremos muy diferentes de como somos ahora? No tengo ni idea. Mi amigo Ignasi me cuenta que, hace pocos días, algo antes del confinamiento, su mujer, Margot, decidió adoptar una especie de cotorra que había aterrizado en el balcón, asustada y hambrienta; ahora, la cotorra –recuperada y feliz– habita una jaula mientras la familia que la acoge disfruta –es un decir– de sus sonidos. No sé si eso les cambiará mucho la vida; de momento, llena la hora de la siesta de algunos sustos.
 
¿Qué será de nosotros cuando hayamos atravesado la tormenta? No hagamos teorías antes de tiempo. Pero algo sí me atrevo a afirmar, llámenme Nostradamus de chichinabo: seguro que la gran mayoría, una vez pase el coronavirus, seremos más pobres.

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