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Francesc-Marc Álvaro | Bajo la espuma
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11 may Bajo la espuma

Los que saquen conclusiones precipitadas quizá no verán lo que ocurre de veras, por debajo de la espuma. La rondallística política necesita atribuir relaciones de causa-efecto simples, es la nostalgia de un mundo mecánico que nunca existió. Se ha dicho y escrito que ERC ha votado no a la cuarta prórroga del estado de alarma porque nota el aliento de JxCat en el cogote y porque Marta Rovira está muy influida por Puigdemont, pero todo eso ha pesado mucho menos que ciertas maniobras del PSC y la falta de voluntad y tacto de Sánchez a la hora de dirigirse a los republicanos, a los que se pedía una adhesión también mecánica, como si fueran una simple comparsa. Si quieren saber las razones de Aragonès para ordenar el aviso a la Moncloa, escuchen lo que expresa el presidente valenciano Ximo Puig sobre este festival: “La lealtad no es sumisión”. Es exactamente lo mismo, pero en ERC han seguido un consejo clásico del siempre lúcido Iceta: “Si amenazas, debes cumplir”. El socialista Puig no podía.
 
El PNV puede bailar sin música. Sobre todo porque los nacionalistas vascos siempre llegan al banquete con el hambre saciada, que por eso disponen del concierto, que dibuja una relación con Madrid que, de facto, es confederal. Comparar hoy el papel de ERC y del PNV en las Cortes no tiene mucho sentido, como no lo tenía cuando se hacía entre CiU y PNV, en otras épocas. El sistema de financiación de la autonomía catalana hace que toda negociación entre el Gobierno central y los actores llegados desde Barcelona acabe dependiendo de la caridad. Eso, los vascos y los navarros no lo sufren. ¿Hay que recordarlo, todavía?
 

Lo que vemos estos días, en medio de los juegos de manos de la Moncloa, es el canto del cisne de Cs

 
Mientras ERC vota no, los de Arrimadas votan sí a la nueva prórroga. De esta foto, se extrae una conclusión, a mi parecer errónea: los de Junqueras pierden su protagonismo en beneficio del artefacto naranja, que quiere exhibir, presuntamente, la bandera centrista que nunca ha tenido. Por mucho que ERC sea un socio incómodo para Sánchez e Iglesias, hay algo estructural que se impone a cualquier otra consideración: su peso Catalunya endins y también (ahora) Catalunya enfora , que no puede ser descuidado por un Ejecutivo de centroizquierda que necesita sinergias con la sociedad catalana, donde la derecha española (PP, Cs y Vox) pinta muy poco; en este sentido, hay que remarcar que el peso de los herederos de Rivera en el Parlament es un espejismo que no se corresponde con la implantación ni con la influencia real de este partido allí donde nació. Por todo eso el coscorrón de Gabriel Rufián a Sánchez a propósito de la nueva prórroga del estado de alarma no modificará las relaciones que sostienen la mayoría parlamentaria que se construyó antes de la pandemia.
 
Lo que vemos estos días, en medio de los juegos de manos de la Moncloa, es el canto del cisne de Cs, un partido de arquitectura efímera creado para tocar el cielo con una carambola de cine. Quemado el momento, Arrimadas está gestionando, sobre todo, la recolocación de los últimos efectivos de esta aventura. Ni más ni menos.

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