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Francesc-Marc Álvaro | Liquidación
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11 jun Liquidación

Me llama un buen amigo, uno de los presos políticos condenados por el procés , para comentarme el escrito que publiqué el domingo en este periódico sobre Jordi Pujol. Celebro oír su voz: es un hombre honesto, una persona que respeto y quiero, al margen de nuestras discrepancias desde el punto de vista –digamos– estratégico. Este amigo, con una larga carrera de compromiso en las instituciones, se escandaliza por la distancia entre lo que muchos dicen sobre Pujol en privado o en público, según quién tengan delante. “Pero sí yo sé perfectamente lo que piensa de verdad y ahora tiene la cara de escribir eso…”, es una frase que suelta sobre uno de los analistas que, con motivo del nonagésimo aniversario del president caído en desgracia, ha formulado sus teorías. Noto la indignación de mi in­terlocutor. En Catalunya, en los últimos años, han surgido figuritas del pesebre que nunca dicen nada que los pueda poner en zona de riesgo, practican la escritura instrumental; en Madrid, este tipo de profesional tiene un nombre maravilloso: “un bienqueda”.
 
El caso Pujol –y todo lo que lo rodea– es una especie de espejo roto para observar la sociedad catalana con la intención del entomólogo. Y también serviría para elaborar un estudio sobre la impostura ante la impostura, que debería empezar analizando el papelón de los que, después de tener protagonismo y mando durante el pujolismo, ahora hacen ver que no conocieron al líder. También habría que dedicar algunos capítulos a los resentidos que –a diferencia de gente seria como Joan Manuel Tresserras y Joaquim Nadal– no quieren separar la discrepancia ideológica del análisis del personaje histórico. Y se podría completar la obra con un apartado sobre los nostálgicos (los que quieren una máquina del tiempo para volver a 1984) y los hipócritas que hacen aspavientos sobre el engaño de Pujol pero callan sobre los asuntos de Juan Carlos I, las puertas giratorias de González, o las corrupciones del PP, desde la Gürtel a la policía patriótica de Fernández Díaz. De todo eso, saldría una enciclopedia bonita, como los álbumes de cromos Bimbo de nuestra infancia: curiosidades, anécdotas raras y monstruos.
 

Pujol cumple noventa años cuando CDC baja la persiana con un concurso de acreedores

 
Pujol cumple noventa años cuando ­Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) baja la persiana con un concurso de acreedores, paso previo a la disolución definitiva de la organización fundada en 1974 en Montserrat. Los abuelos de antaño tenían una frase para definir este tipo de momentos: “mierda para el que quede”. Grandeza y miseria de la política. La liquidación del artefacto coincide con la mutación, fragmentación y dispersión del espacio socioelectoral que Pujol consolidó a partir del nacionalismo moderado, la ambigüedad, el pragmatismo, y políticas que empezaron siendo de centroizquierda y acabaron en el centroderecha. Este espacio es el gran éxito del pujolismo, de una manera más rotunda que la obra de gobierno en la Generalitat, que es enorme, pero tiene realizaciones de gran trascendencia al lado de ensayos mediocres, si se hace un repaso por departamentos y etapas.
 
En este espacio socioelectoral del pujolismo se encontró una parte central de las clases medias del país: los que se sentían vinculados genéricamente al catalanismo y también los que habían quedado anestesiados por el franquismo, los huérfanos del centrismo-exprés de Suárez y los seguidores de Pallach que no querían votar PSOE, menestrales y pequeños comerciantes, profesionales y payeses, católicos y progres alérgicos al dogmatismo, conservadores y partidarios de no correr riesgos. Una amalgama que tenía fronteras muy amplias y que, a pesar de las caricaturas fáciles y el hecho indiscutible que la candidatura de Pujol fue un dique, en 1980, contra el ascenso de socialistas y comunistas (asentados en los grandes ayuntamientos desde 1979), no tenía nada que ver con un frente reaccionario. El gran poder económico siempre vio a Pujol como un elemento extraño y dudoso.
 
El añorado Jaume Lorés, primer estudioso de Pujol y el pujolismo, explicó –en 1985– las corrientes de fondo que hicieron posible este espacio: “Las clases medias progresistas eran más partidarias de reformas concretas, por mentalidad y por tradición, que de cambios abstractos, y veían el pujolismo, en consecuencia, como un camino para mejorar la sociedad, en la línea de coronar políticamente la tarea de hacer país, y no una política para cambiarla, con aventuras social y económicamente arriesgadas que pudieran romper la composición social de Catalunya”. Pujol prometía estabilidad, en un contexto marcado por “el miedo al paro y los cambios tecnológicos”. El invento funcionó con eficacia hasta que, a partir de 1995, el software de las victorias empezó a tener problemas.
 
Hoy, este gran espacio, transformado por el colapso autonómico y el procés , es una suma de parcelas con nombres como PDECat, JxCat, la Crida o, en una zona un poco apartada, el nuevo PNC. Puigdemont, Bonvehí, Pascal y otras personas gestionan un solar que puede acabar siendo un parque de minifundistas. Los electores, tarde o temprano, dirán qué quieren.

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