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Francesc-Marc Álvaro | Manuel Cuyàs: El columnista contra la actualidad
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16 jun Manuel Cuyàs: El columnista contra la actualidad

Amó su oficio apasionadamente, tanto como a la gente, empezando por su familia y sus amigos. Manuel Cuyàs, columnista, periodista, escritor, que sobresalió atrapando el presente con palabras precisas para vencer la actualidad y trascender así, como un poeta emboscado, el ruido desde dentro del ruido. Paco Umbral, maestro del género, definió perfectamente en qué consiste la labor que ha sido el centro de gravedad de este mataronés de mirada inteligente y limpia: “un columnista no es sino un hombre que se lleva flores a sí mismo todos los días, pues sabe que primero –en seguida– morirá su columna, y luego morirá él, si antes no muere su memoria”. Cuyàs ha fallecido pero deja el testigo rico –vivísimo y sutil– de sus artículos, los apuntes del natural de un observador agudo que sabía encontrar y sacar punta al detalle más inesperado, el que puede transformar la cotidianidad en un planeta lleno de aventuras. Y sabía distinguir el presente que vivimos del tiempo creado por los media, por eso no tenía ningún problema en confesar que “para evadirme de la actualidad he vuelto a los libros de La Cua de Palla. Pasados treinta o cuarenta años, he vuelto a ellos de otra manera”.
 
En tiempos de trincheras, de prosa funcionarial, de argumentos mecánicos, de verborrea pseudo-académica, de menosprecio por el idioma, y de mala sombra, Cuyàs ha atravesado la jungla de la opinión periodística con la elegancia y la tranquilidad de los que no confunden ambición y vanidad, y de los que saben muy bien lo que hacen. Lo explicó en una de sus piezas: “Cuando empecé a escribir artículos semanales en El Maresme , hablo a principios de los ochenta, titulé la sección A ull nu . Significaba que explicaba lo que veía sin pasarlo por ningún anteojo sabio. Cuando me incorporé a El Punt , ahora El Punt Avui , pensé en recuperar la denominación, pero entonces ya llevaba gafas y me desdije. También una especie de premonición me aconsejó no mencionar mucho los ojos, que todavía lloraríamos. Opté por este Vuits i nous extraído de un juego de cartas del cual lo ignoro todo porque no juego a nada, pero que significa que un día hablo de una cosa y el día siguiente de otra diferente y nada casa. ¿Nada casa? Y tanto que todo casa y todo vuelve”.
 

Brillante en el artículo político, lo era aún más cuando rompía las categorías e iba hacia territorios inesperados

 
Su especialidad era la del columnista generalista –el que puede hablar de todo– y disfrutaba con este reto misceláneo de pasar de un tema al otro. Aunque era brillante en el artículo político, todavía lo era más cuando rompía las categorías y mezclaba acontecimientos de áreas diversas, llevando de la mano al lector hacia territorios inesperados; sus columnas sobre hechos culturales –era culto, gran lector y cinéfilo militante– siempre enseñaban algo, sin caer en pedanterías ni exhibicionismos. Su tono era el de un amigo que conversa y te invita a mirar la vida como pasa. El resultado: pequeñas joyas que retrataban este tiempo y este país. Dejó claro cuál era su punto de partida: “una de las cosas que más me gustan de este mundo es mirar a la gente y sus movimientos”.
 
Cuyàs ha sido una voz libre, que ha pensado con libertad ante cada hecho nuevo que le ha tocado glosar. No ponía el piloto automático. Por eso se hacía leer siempre, tanto si estabas de acuerdo con él como si no. Uno de sus talentos era ser imprevisible y descolocar, más de una vez y de dos, a su público fiel, justamente cuando este pensaba que lo conocía bien. Recuerdo, en este sentido, una columna provocativa en la cual defendía la fiesta de San Valentín, con coraje: “Tanta amargura, tanto criticar lo que hacen los demás, tanto ñic-ñic, tanto señalar al próximo hasta ponerle el dedo en el ojo. Que la gente haga a lo que quiera, hombre, si está contenta”.
 
Antes de ser periodista, Cuyàs fue maestro, y tenía mucha habilidad para ello. Después, desde la veteranía, ejerció también durante algunos cursos como profesor de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna. Asimismo, cuando lo invitaba a alguna de mis clases, convertía la explicación del oficio en una verdadera fiesta, con enorme sentido del humor, con lucidez, y con un punto de compasión ante la gran comedia humana. Era la misma actitud que mantenía en las tertulias, donde podía ser cordial y muy combativo a la vez. Amistoso y afilado a partes iguales, picaba donde hacía falta, soltando la pregunta más interesante cuando el resto nos perdíamos en el ruido. Pasamos momentos muy buenos a su lado ante los micrófonos de RAC1. A la salida de esos programas, la tertulia siempre seguía en el bar y Manuel abría puertas insólitas que te dejaban pasmado.
 
Siempre supo, Manuel Cuyàs, cuál era la tradición de la cual formaba parte. Tenía plena conciencia de lo que representaba hacer periodismo en una lengua que había estado prohibida y perseguida: “he dicho más de una vez que los articulistas en catalán hemos tenido que recurrir a la tradición periodística de los años treinta para tener los asideros que el franquismo nos sustrajo”. Su reinterpretación del legado de Pla, Sagarra, Gasch, Trabal o Soldevila pone en el centro la riqueza del idioma y la voluntad de dar al comentario de prensa una calidad literaria equivalente a la de la novela o la poesía. Aparte de cuidar de la redacción de las memorias de Jordi Pujol, Cuyàs publicó varias recopilaciones de artículos y el ensayo autobiográfico El nét del pirata , una obra deliciosa donde vincula la peripecia familiar, sus vivencias y la historia reciente del país.
 
La última vez que nos vimos fue en Mataró, antes de la pandemia, cuando empezaba a sentirse bajo de fuerzas. Después de un acto en una de las librerías emblemáticas de la ciudad, donde demostró sus grandes dotes de polemista, cenamos juntos en el restaurante italiano que está frente a su casa, donde ofrecen una pizza que lleva su nombre. Mientras el propietario del negocio, un siciliano energético, nos iba sirviendo, el amigo Cuyàs desplegaba el espectáculo fascinante de su conversación. Así, hablando con una sonrisa en los labios, es como muchos lo recordaremos siempre.

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