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Francesc-Marc Álvaro | La maldición de Tutankamón
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29 jun 2020 La maldición de Tutankamón

Después de que el intrépido Howard Carter descubriera la tumba del faraón Tutankamón, empezaron a fallecer personas que habían visitado ese recinto o que tenían relación con la expedición sufragada por Lord Carnarvon. De los locos años veinte a la Catalunya actual hay un trecho, pero aquí también sufrimos maldiciones fatales. La que ahora nos ocupa es la maldición de la fragmentación infinita de los independentistas. Antes, eso afectaba gravemente a ERC (un misterio que dio lugar a siglas menores como Reagrupament o el PI) y, a día de hoy, es un mal del espacio posconvergente, que se va dividiendo en medio de apelaciones solemnes a “la unidad”.
 
Hay una transferencia directa de identidad de ERC al magma posconvergente, un juego de espejos y de imitaciones desconcertantes. Las inacabables reyertas internas y las escisiones varias que vivieron los republicanos desde los tiempos de Barrera y Hortalà son ahora el pan de cada día de las familias que se disputan el terreno donde el pujolismo edificó su castillo. Los herederos de la maquinaria de Pujol –una parte importante de los cuales reniegan del patriarca– viven la batalla final por el control, los cargos y los recursos. Y por los votos.

Artur Mas –sin entusiasmo– permanecerá al lado de aquel que eligió como sucesor

En el libro Ensayo general de una revuelta , he resumido así el elemento clave que me permite afirmar que Bonvehí y la dirección del PDECat tienen poco que hacer ante la ofensiva del president exiliado: “A medida que los hechos del proceso dan proyección a Puigdemont, su ascendente sobre el partido y la militancia irá creciendo, teniendo en cuenta que hablamos de un universo acostumbrado a aceptar siempre lo que disponga el Molt Honorable President, sea este Pujol, Mas o el que había sido alcalde de Girona”. Y añadía que “el presidencialismo ha sido un factor constitutivo del pujolismo y lo es, por ahora, de sus herederos políticos”. La naturaleza vicaria de la presidencia de Torra mantiene intacto el liderazgo del hombre de Waterloo, que no tiene ningún antagonista de proyección equivalente entre sus críticos.
 
La maldición de Tutankamón en ERC duró hasta que Junqueras –un independiente– asumió el liderazgo. Puigdemont pretende conjurar la maldición, que ahora hace mella en su universo: quiere hacer, de una vez por todas, su partido a medida, y quiere enterrar –de paso– todo lo que recuerde a Convergència y al pujolismo. Se trata de consolidar el puigdemontismo, que nació de los comicios catalanes del 21 de diciembre del 2017. En esta operación, Jordi Sànchez intenta aportar –a su aire y desde la cárcel– la estrategia y el discurso más de fondo.
 
El rechazo de Bonvehí a disolver el PDECat en el artefacto de Puigdemont obliga a los presos Rull, Turull y Forn a congelar sus discrepancias con el exilio. La pugna cohesiona, es sabido. La dirección del PDECat no podrá aguantar el embate concertado de Lledoners, Waterloo y la Casa dels Canonges. Está cantado. ¿Qué harán los perdedores? ¿Continuarán en solitario, se irán a casa o confluirán con el PNC de Pascal? Tutankamón sonríe. Artur Mas –sin entusiasmo– permanecerá al lado de aquel que eligió como sucesor.

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