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Francesc-Marc Álvaro | Que veinte años no es nada
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16 jul 2020 Que veinte años no es nada

Como el tango, pero tal vez sin tanta nostalgia. O sí, vaya usted a saber. Gardel canta desde ese lugar de confinamiento duradero: “Sentir / que es un soplo la vida / que veinte años no es nada…”. De hecho son algo más de dos décadas. Se cumplen hoy, jueves 16 de julio, veintidós años de la firma de la llamada declaración de Barcelona, impulsada y suscrita por Convergència i Unió (CiU), el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y el Bloque Nacionalista Galego (BNG). La efeméride que traigo a colación ilumina –con la bombilla amarillenta del antro apache– el reciente éxito electoral de los de Urkullu, de los de EH Bildu (que no estaban en esa foto de antaño) y de los galleguistas de izquierdas, hoy liderados por Ana Pontón. Estos días, es motivo de análisis el ascenso de tres fuerzas soberanistas (cada una con su estilo), dos de las cuales le han comido el terreno a las marcas de Podemos en Galicia y Euskadi, algo que abre grandes reflexiones en la organización de Iglesias y deja desconcertados a los que no comprenden (ni les gusta) que exista una izquierda galleguista, vasquista y catalanista. Algunos todavía piensan que la reclamación de reconocimiento de las naciones sin Estado es un típico asunto de ricos, burgueses, élites y demás pajarería.

La vida te da sorpresas. Más de un politólogo (de cámara) con los apuntes caducados deberá ir a clases de repaso veraniego. De momento, hagamos memoria. Tras dos años y cuatro meses con el conservador José M.ª Aznar en la Moncloa (gracias al apoyo de CiU y del PNV), los nacionalistas catalanes y vascos, más los galleguistas de izquierdas, movieron pieza. El desaparecido Pere Esteve –que más tarde abandonaría Convergència para acabar en la órbita de ERC y ser conseller del primer tripartito– fue el animador entusiasta de esa jugada. Xosé Estévez recordaba, en un artículo en Noticias de Gipuzkoa , que la iniciativa comenzó a gestarse en “unas jornadas sobre el Galeuzca histórico, celebradas en Bilbao en 1996, y en la erección de un monumento a Castelao en Txurdinaga, sufragado por la Diputación Foral de Bizkaia”. La cocina del documento estuvo a cargo del gallego Francisco García Suárez, el vasco Ricardo Ansotegi y el catalán Josep Camps.

La declaración de Barcelona fue, sobre todo, una intención reformista, breve como la vida de un mosquito

Las crónicas sobre este asunto en La Vanguardia las firmó Jordi Juan, hoy director de esta casa. Estos son dos de los titulares de entonces: “CiU, PNV y BNG consideran caducado el modelo de Estado” y “Los nacionalistas reclaman una España confederal”. ¿Les suena? ¿ Déjà-vu ? En esa época, Aznar hablaba catalán en la intimidad y Josep Piqué se estrenaba como ministro portavoz. Jordi Pujol charlaba a diario con Rodrigo Rato para pactar los presupuestos generales. Todo pasaba a la vez y nadie se ponía muy nervioso: el juez Garzón ordenó el cierre del diario Egin . Eran otros tiempos. En plan contraprogramación, la Fundación Barcelona, integrada por cuadros convergentes más o menos roquistas, entregó a Pujol un documento en el que se abogaba por un catalanismo con menos carga identitaria. La doble alma convergente viene de lejos, señoras y señores. Nota curiosa: uno de los principales artífices de ese giro, empresario destacado, es hoy figura muy cercana a Puigdemont. Esa misma semana se presentó en público el Foro Babel, embrión del partido Ciudadanos. Nadie se aburría.

La declaración de Barcelona fue, sobre todo, una intención reformista, breve como la vida de un mosquito de agosto. Una más, desde las profundidades del siglo XIX hasta hoy. Una “buena intención” de los que en Madrid llaman “periféricos”. En la foto de hace veintidós años estaban, además del mencionado Esteve, Xabier Arzalluz, Xosé Manuel Beiras y Domènec Sesmilo, en nombre de Unió. Pujol también compareció para dar solemnidad a la cita. Hubo, después, otras reuniones en Vitoria-Gasteiz y en Santiago de Compostela, pero el ensayo de coordinación no dio grandes frutos.

La declaración de Barce­lona partía de una constatación: “Al cabo de veinte años de democracia continúa aún sin resolverse la articulación del Estado español como plurinacional. Durante este periodo hemos padecido una falta de reconocimiento jurídico-político, e incluso de asunción social y cultural de nuestras respectivas realidades nacionales en el ámbito del Estado”. La propuesta de los firmantes era tan inconcreta como moderada: “Creemos que hay que abrir una nueva etapa en la cual se produzca por parte del Estado y de Europa el reconocimiento de nuestras realidades nacionales y se obtenga el poder político suficiente para poder ofrecer nuestras propias respuestas a los retos del siglo XXI”. Mientras tanto, los firmantes aspiraban a lograr, por ejemplo, la reforma del Senado.

¿Quiénes firmarían una nueva e hipo­tética declaración de Barcelona? No estarían los posconvergentes, me temo, a causa de su enorme lío, y tampoco el PNV, que ya tiene sus propios y bien engrasados carriles. En una nueva foto, podría estar el BNG –los únicos que repetirían– junto a ERC y EH Bildu, si ambos mantienen su apuesta pragmática a largo plazo. Pero hay una pregunta jodida y obligada: ¿alguien les haría caso en Madrid?

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