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Francesc-Marc Álvaro | La mascarilla y el absurdo
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21 jul La mascarilla y el absurdo

El otro día, acudí a la presentación de un libro y los asistentes –que habíamos tenido que inscribirnos previamente– seguimos a rajatabla todos los protocolos sanitarios, desde la distancia entre las sillas hasta el uso de la mascarilla en todo momento; la sensación era extraña, costaba reconocer a quien se sentaba tres sillas por delante. Me marché antes de que se acabara el acto porque hubo un momento que, sin aire acondicionado, el bochorno reinante multiplicado por el efecto de la mascarilla sobre mi rostro me impedían concentrarme en las intervenciones. Al salir a la calle, decidí que, a partir de ahora, me lo pensaría dos veces a la hora de asistir a este tipo de encuentros.

Media hora más tarde, me encontré con algunos amigos para tomar algo en el interior –climatizado– de un conocido local de la Plaça de la Vila y, siguiendo los protocolos fijados por las autoridades, me quité la mascarilla una vez nos hubimos colocado todos en torno a uno de los barriles que hace las funciones de mesa donde poner las copas y los vasos. Mientras me encontraba allí, disfrutando de un espejismo de normalidad, pasó por mi lado una chica que –sin mascarilla– iba del lugar donde estaba bebiendo hasta la barra. La chica, amiga de un amigo mío, se de­tuvo dos minutos, para darme re­cuerdos para nuestra común amistad, y se produjo el hecho desconcertante: ambos intercambiamos unas frases a pocos centímetros de distancia y sin llevar mascarilla. Me di cuenta de ello porque me lo señaló uno de mis ­acompañantes, una vez la escena había te­nido lugar.

Deberíamos evitar ser tan idiotas como algunas fotos del fin de semana indican que somos

Esta es nuestra vida hoy en día. No he forzado ni un ápice la narración para hacerla más absurda de lo que se desprende de la relación de hechos expuestos. Se trata de una absurdidad a la cual deberemos acostumbrarnos forzosamente. La situación puede pasar de cómica a tragicómica si un servidor, o la chica con quien hablé, o alguno de mis compañeros de copas, acaba en una UCI de algún hospital.

Tragicomedia, absurdo y lotería. Vamos tirando mientras pensamos que nosotros no tendremos la mala suerte de ser premiados con un contagio que se complique y nos deje en manos de un respirador. Lotería a la que todo el mundo juega. Pero deberíamos evitar ser tan idiotas como algunas fotografías del fin de semana indican que somos: la pandemia dependerá de cada pequeño gesto de usted, de él y de mí. Ivan Krastev da en la diana cuando escribe que “no hay nada heroico en ser solidario durante una epidemia”. Se trata, sobre todo, de reducir las dimensiones del absurdo que nos asedia.

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