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Francesc-Marc Álvaro | Un mundo perfecto
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27 jul 2020 Un mundo perfecto

Su partido a medida. Ni más ni menos. Un mundo perfecto al servicio de su táctica. Puigdemont ya lo tiene: ha convertido la plataforma electoral Junts per Catalunya en un partido. Lo ha hecho durante un periplo relativamente corto que, después de dar un rodeo por la fallida Crida Nacional, llega al delta donde el puigdemontismo no tendrá ya ninguna oposición y podrá dictar su voluntad sin las resistencias de esos posconvergentes que lo aceptan como líder espiritual pero no como amo del terreno.
 
Tal como ha quedado la partida, los dirigentes y militantes del PDECat que quieran tener algún tipo de papel en el nuevo JxCat no tienen otro camino que entrar de uno en uno, sin cuotas y renunciando explícitamente a cualquier nostalgia; la aspiración de Bonvehí de crear una coalición entre el PDECat y la máquina de Puigdemont no tiene posibilidad alguna de prosperar, ni presionando con los derechos electorales y las subvenciones. Desde el exilio se ha lanzado la consigna: “ foc nou ” sin manías y marcar todas las distancias con el pujolismo y la corrupción. Los discursos de los presos Rull, Turull y Forn apoyando al puigdemontismo representan el aval de los herederos del viejo orden a la nueva cultura rupturista.
 
La paradoja irónica que tiñe toda esta operación es que Puigdemont, a pesar de sus esfuerzos por no parecer nieto político del pujolismo, practica dos de sus características fundamentales. Primera: un hiperliderazgo personalista que convierte en folklore cualquier debate interno y las primarias. Segunda: una ambigüedad notable al definir el anclaje del nuevo partido en el eje izquierda-derecha, como manifiestan las referencias constantes a “la transversalidad” y al “carril central”. Puigdemont es más caudillista que Pujol y más ambiguo, en lo que le conviene.
 
En este sentido, Jordi Sànchez, ideólogo y estratega del proyecto -la figura con más visión política del núcleo duro-, tiene el encargo de hacer la salsa que pueda lograr a la vez dos metas a priori incompatibles: penetrar fuertemente en el espacio de ERC y amarrar a los votantes de tradición convergente que estiman la escuela concertada, la
sanidad mixta y los valores asociados al orden, la creación de riqueza y el esfuerzo individual. Además, el antiguo presidente de la ANC debe hacer todo esto bajo una música que enaltece la confrontación permanente con el Estado y que incluye -hagámoslo todavía más difícil- querer gestionar “el mientras tanto” autonómico, igual que propugnan Junqueras y Aragonès. Es la cuadratura del círculo: la subversión indolora de un país que anima los disturbios de Urquinaona mientras prepara las vacaciones en la segunda residencia.
 
Como todos los mundos perfectos, el de Puigdemont presenta algunos fallos de serie: tiende a ser virtual, como el acto “telemático-friendly” de presentación del congreso de la nueva organización, y descansa sobre el silencio estrepitoso de Mas, figura que recuerda ahora al protagonista de El sexto sentido. Y, sobre todo, se basa en un mito tan bonito como frágil: que la fórmula secreta de la independencia está en la caja fuerte del despacho de Puigdemont en Waterloo.

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