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Francesc-Marc Álvaro | Puigdemontismo
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31 ago 2020 Puigdemontismo

Ya estamos al cabo de la calle. Lo escribimos a finales de julio y ahora es irreversible: “El puigdemontismo no tendrá ya ninguna oposición y podrá dictar su voluntad sin las resistencias de esos posconvergentes que lo aceptan como líder espiritual pero no como amo del terreno”. También advertimos que Bonvehí no se saldría con la suya, la autoridad la tiene el activo principal de este espacio. Ha empezado la partida final de Puigdemont contra Junqueras, que se jugará en las futuras elecciones catalanas.
 
La realidad es que al expresident, contra lo que parece a primera vista, le va muy bien la ruptura solemne con el PDECat, incluso teniendo en cuenta las dificultades de hacer frente a los próximos comicios sin los derechos electorales de la marca heredera de Convergència. El puigdemontismo necesitaba, para poder lanzar su segundo cohete, hacer explícita (a bombo y platillos) la abjuración de Puigdemont respecto de la casa madre que lo convirtió en político y alcalde de Girona. A Junts per Catalunya el choque con el PDECat le permite subrayar el argumento que más repiten: que son algo nuevo que no tiene vínculo alguno con esos que gobernaron en la Generalitat durante veintitrés años.
 
Este planteamiento –tan claro sobre la pizarra de Waterloo– presenta dos problemas. El primero es que, si no hay un inesperado giro de guion, Artur Mas abonará (sin entusiasmo) la marca de Puigdemont y dejará a los de Bonvehí a su suerte, porque el president del 9-N no quiere ni puede enfrentarse al president del 1-O, que él puso a dedo cuando dio un paso al lado; la paradoja es que el apoyo de Mas a JxCat no ayuda a reforzar precisamente el mensaje de que el puigdemontismo es una ruptura inequívoca respecto de los herederos del pujolismo. El segundo problema es la diversidad de puntos de vista entre los alcaldes, concejales y cuadros locales posconvergentes, atrapados en una batalla para la cual no estaban preparados; con todo, Puigdemont se beneficiará de las inercias de la tradición presidencialista del universo convergente.
 
Al tomar posesión, en enero del 2016, Puigdemont dijo que “esta será la legislatura de un periodo excepcional, de post-autonomía y de preindependencia”. En estos momentos, cuesta decir dónde estamos, pero está claro que la república solo existe en los discursos voluntaristas de algunos. Y aquel periodo excepcional se ha convertido hoy en el no future de la Covid-19. Pero el hechizo persiste. El puigdemontismo anuncia ahora como gran estrategia “la confrontación inteligente”, un mantra vacío que pretende mantener viva la promesa de una vía unilateral.
 
Tan cierto es que Puigdemont es un buen candidato que sabe tocar la cuerda emocional como que la Catalunya actual tiene unas preocupaciones muy diferentes a las de diciembre del 2017, cuando el presidenciable exiliado (que prometió regresar si era elegido) fue el preferido del electorado independentista. La épica del puigdemontismo pronto deberá confrontarse con las incertidumbres y temores que provoca la pandemia en la sociedad catalana (indepes incluidos). El margen para la poesía será escaso.

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