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Francesc-Marc Álvaro | El mercado del pragmatismo
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03 sep 2020 El mercado del pragmatismo

Pareció, a partir del 2012, que el pragmatismo era un estorbo. El mercado de la ilusión (donde competían el independentismo y los hijos del 15-M) se basaba en la convicción de que el statu quo podía ser transformado porque se daban “las condiciones objetivas” (no lo decían así, claro) para superar (o para hundir) los marcos construidos durante la transición. Soberanistas y podemitas compartían parte del diagnóstico: el régimen del 78 está afectado de aluminosis y eso es una oportunidad para las nuevas generaciones que no se sienten obligadas por los consensos anteriores. En un caso, para buscar una secesión pactada (con procedimiento a la escocesa) y, en el otro, para abordar un reformismo regenerador, republicano (en los dos sentidos del término) y desvinculado de los equilibrios que habían mantenido el PSOE y el PP.
 
Los dirigentes del independentismo y el grupo impulsor de Podemos se sentían –paradójicamente– más pragmáticos que nadie, el contexto inmovilista lo hacía posible. Ante una realidad estática, la imaginación es probablemente lo más práctico. Hay que hacer memoria. El no solemne de Rajoy a hablar de un nuevo pacto fiscal para Ca­talunya certificó que la soberanización del catalanismo era el camino más pragmático, si se quería evitar el fin del autogobierno. En paralelo, el fracaso de las políticas de Zapatero, consideradas más epidérmicas que de cambio profundo, dio alas a Iglesias y los suyos para organizar una izquierda “nueva”, que –atención– no quería ser testimonial ni una muleta de los socialistas.
 

En las elecciones catalanas aparecerá el eje de la gobernabilidad, a raíz del impacto de la Covid-19

 
El Gobierno de coalición con el PSOE (y, sobre todo, la repetición de las elecciones) ha hecho aterrizar a Podemos en el realismo más descarnado. Los hijos del 15-M se sientan hoy en el Consejo de Ministros y ­deben tomar grandes dosis diarias de tila y de Almax para aguantar algunas decisiones que están en las antípodas de lo que había sido la agenda de su ilusión, ya sea el blin­daje acrítico de la monarquía o el consi­derar la carrera de Martín Villa como un patrimonio del Estado. El independentismo, que ya gobernaba en la Generalitat, solo abrazó el realismo a partir de octubre del 2017: la represión del referéndum unila­teral, la aplicación del 155 y el juicio y condena de los dirigentes del procés . Hay que remarcar que este realismo no ha llegado a todos los actores de la misma manera ni con la misma intensidad. Òmnium, ERC y una parte de los posconvergentes han modifi­cado claramente su análisis (y su estrategia) mientras la ANC, JxCat, Puigdemont, Tor­ra y la CUP mantienen la promesa de tentativa unilateral y de momentum . Es signifi­cativo que la pandemia no haya influido mucho en los que se niegan a pinchar la burbuja del secesionismo mágico.
 
He utilizado realismo como sinónimo de pragmatismo . Pero, en puridad, no son lo mismo. El pragmático es alguien que actúa buscando soluciones y salidas factibles mientras que el realista es aquel que, al margen de sus actuaciones, intenta no confundir la dimensión del ideal (y la ilusión) con la dimensión del terreno de juego donde este ideal ha de concretarse. No todos los pragmáticos piensan lo mismo, aunque tengan coincidencias. Por ejemplo, Junqueras ha avisado a Puigdemont de que una confrontación con el Estado “en las condiciones actuales” conduciría a “perder”; he ahí un caso de pragmatismo que parte de una lectura realista de las debilidades y fortalezas presentes del independentismo. También podemos calificar de pragmático al exconseller Mas-Colell, que, en un ar­tículo reciente en el Ara, ha explicado que “sin la posibilidad de convalidación europea, Catalunya no será independiente” y ha remarcado que “España, monárquica o republicana, no aceptará bajo ninguna circunstancia la separación de Catalunya”. Pero el pragmatismo del que fue conseller de Economia del Govern Mas va más allá de la estrategia soberanista y cuestiona el objetivo, a partir de un realismo muy diferente del que ahora exhibe el líder de ERC. Lo que para Mas-Colell es una realidad histórica que nunca podrá ser transformada, para Junqueras es una entidad que puede so­meterse a las reglas del conflicto político y la democracia. ¿Resignación versus voluntarismo?
 
Las próximas elecciones catalanas no ­serán solo una competición entre independentistas unilateralistas y gradualistas, o un combate entre el PSC y todos los que propugnan la independencia. Será también –y esta es una novedad interesante– un mercado donde se ofrecerán diferentes pragmatismos, con puntos de partida y de lle­gada diversos, lo cual generará una notable rivalidad en el tercer eje, el de la confianza-desconfianza en la gestión. Es sabido que el votante catalán hace su selección a partir de combinar el eje ideológico (derecha-izquierda) y el eje nacionalitario, pero esta vez aparecerá con mucha fuerza –me parece– el tercer eje, el de la gobernabilidad, a raíz del impacto de la Covid-19. Es en este escenario donde puede tener especial trascendencia la ruptura definitiva del espacio posconvergente en varias marcas, desde la sublimación del choque permanente hasta la rectificación neopujolista.

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