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Francesc-Marc Álvaro | Del vino y del vivir
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08 dic 2020 Del vino y del vivir

Con pocos días de diferencia, hemos perdido a dos amigos que son referentes en el mundo del vino en Catalunya: Pere Llopart Vilarós y Oriol Guevara Sendra. De generaciones distintas, estaban unidos por una gran generosidad y por la calidad de su trabajo. Pere Llopart, 91 años, de Sant Sadurní, propietario de la bodega Llopart, y Oriol Guevara, 53 años, vilanovés, enólogo, emprendedor, ex director general del Institut Català del Vi y músico, representan la excelencia del capital humano que ha convertido el Penedès en esta Toscana discreta que todavía no nos acabamos de creer, un territorio de un potencial extraordinario de donde salen productos que generan felicidad y amistad. Hablo de dos personas que nos dejan un legado valioso que trasciende el universo vitivinícola y se inserta en la construcción inteligente de un país más civilizado, más rico y más atractivo para todos.
 
Tuve la suerte de escuchar las peripecias de Pere Llopart, contadas por él mismo durante un reciente almuerzo en la finca familiar, mientras el sol de la tarde pintaba las viñas de colores antiguos. No sabía que sería la última vez que podríamos disfrutar de su testimonio. Miembro de la cuarta generación de una familia de viticultores, Llopart no se conformó con hacerlo bien, siempre quiso hacerlo mejor, obsesionado con innovar a partir del respeto a la tradición, arraigado al paisaje de Subirats y abierto al mundo, para hacer llegar sus botellas a las mejores tiendas de Nueva York y de donde sea. Le brillaban los ojos cuando relataba cómo había logrado el Brut Nature del que estaba más orgulloso.
 

Pere Llopart y Oriol Guevara han sido ejemplo de honestidad y respeto por la gente

 
Nacido el mismo año y en la misma ciudad que Oriol Guevara, guardo varios recuerdos de su persona, siempre con un sentido del humor aguzado, y la mirada viva de quien descubría in­mediatamente la mecánica de las cosas. Con ocho o nueve años, tocaba el timbal al lado de los veteranos. Tena­cidad pura en todo lo que lo ocupaba, se ­formó como enólogo en los mejores lugares –California, Borgoña– y trabajó en bodegas importantes hasta que puso todo su talento en un proyecto personal, después de recorrer medio mundo. La habilidad con que interpretaba melodías con el clarinete, la te­nora o el tiple tenía réplica cuando elaboraba sus vinos, huyendo de los caminos trillados.
 
Pere y Oriol nos han enseñado a conocer y amar los vinos del país, que es como decir que nos han ampliado las ganas de vivir y la imaginación. Ambos han sido ejemplo de honestidad, rigor y respeto por la gente, contra los que pretenden dar gato por liebre. Brindemos en su memoria.

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