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Francesc-Marc Álvaro | No se parecía a nadie
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11 mar 2021 No se parecía a nadie

La novelista Ana María Matute lo define perfectamente en una carta que le envía para agradecerle la entrevista que le ha hecho para la revista Destino: “ Usted no se parece a nadie, se lo habrán dicho muchas veces”. Lo clava, yo también lo recuerdo así: diferente a todo el mundo. Doy con esta perla en el muy recomendable libro El joven Porcel (Destino), donde el ­colega Sergio Vila-Sanjuán reporta, con pluma ágil y amplia documentación, la ascensión fulgurante del es­critor Baltasar Porcel en la Barcelona de los sesenta y comienzos de los setenta. El volumen cuenta muy bien la construcción de un escritor profesional en confrontación con el contexto anómalo de una embrionaria sociedad de consumo de masas surgida bajo una dictadura militar, en un país que era periferia de la periferia.
 
Porcel era un periférico (por isleño y por origen rural) que triunfa en una sociedad periférica (la catalana) en la España (periférica siempre) de los años del desarrollismo. Creo determinante, para comprender la complejidad de un escritor como Porcel, no perder de vista su condición de triple periférico. De esta circunstancia, el de Andratx sacará su originalidad y su independencia de criterio, además de su individualismo radical, y su fe en sí mismo. Otro testigo, el arquitecto Ricardo Bofill, complementa este perfil: “Aportaba una visión particular de todo, muy pasada por sí mismo, no convencional. Con su propia interpretación de cada fenómeno”. Así lo hizo desde muy joven, desplegaba su seducción por todas partes, con un punto de arrogancia bien calculada, y Barcelona no se le resistió. Vila-Sanjuán lo resume perfectamente: “Una y otra vez las figuras veteranas van a quedar fascinadas con un hombre joven como Baltasar, que habla su idioma, el de la vieja cultura, y a la vez aporta el punto de vista del mundo nuevo”.
 

El periférico Porcel añoraba algo cuando el ‘insider’ más lucía en el escaparate de la fama

 
Cuando solo lleva tres años en la capital catalana, Porcel empieza a escribir en Serra d’Or –la revista emblemática de la resistencia cultural catalanista– y después también lo hace en Destino , el semanario que aprovecha las grietas del régimen para decir algunas cosas y guiñar el ojo a los sectores que quieren cambios dentro de un orden. Para rematar, en octubre de 1966, se estrena como colaborador de La Vanguardia . El periférico se convierte en un insider de manual, que va a por todas. El periodismo le permite profesionalizarse y tratar a las élites mientras elabora –con tenacidad– su obra literaria a partir de una intuición que será el centro de gravedad de su narrativa: en el magma de su origen cabe todo el universo.
 
Atrae esta dualidad del Porcel periférico y a la vez insider , que no esconde la ambición y descoloca a sus interlocutores. Alguien podría pensar que el autor de Cavalls cap a la fosca practicaba una impostura muy sofisticada, pero se equivocaría: siempre que tuve ocasión de hablar con él –eso ya fue en su etapa madura– percibí esta tensión entre el alma del periférico que preserva el misterio y la capa dorada del insider que ha apostado a todo o nada. Por ejemplo, su papel como máximo responsable de un organismo que dependía de la Generalitat le generó sentimientos ambivalentes, como me confesó en una larga entrevista, en parte inédita; estaba satisfecho, pero pensaba que eso le había robado demasiado tiempo para la creación. Lo mismo se podría decir de su importante papel en las bambalinas de la relación entre la monarquía y Jordi Pujol, tarea muy complicada que lo había situado en medio de equilibrios agónicos que, finamente, lo quemaron. El periférico añoraba algo cuando el insider más lucía en el escaparate de la fama.
 
Volvemos al joven Porcel. La modernidad catalana que se forjó durante la década prodigiosa (a pesar de la dictadura y a pesar de los prejuicios de unas clases dirigentes que no saben qué quieren) tiene en Porcel a uno de sus tres mosqueteros. Los otros son dos talentos de la misma generación: el cantautor Raimon y el dramaturgo Josep M. Benet i Jornet, nacidos ambos en 1940, tres años después que el mallorquín. Al vent , el gran primer éxito de Raimon, es de 1962, y Una vella, coneguda olor , la obra de debut de Benet i Jornet, es de 1963. La sociedad necesita respirar, la guerra va quedando atrás, los hijos ya no usan las palabras de los padres. Raimon, Benet i Jornet y Porcel son tres jóvenes titanes de una cultura y una lengua que perviven contra casi todo, incluido un Estado que quiere convertir la catalanidad en simple “peculiaridad regional”. Los tres son periféricos, los tres conectan con el futuro y el mundo, sin falsos cosmopolitismos: un valenciano, un barcelonés de barrio y un mallorquín. Esta gente cree en el país. La periferia salva el centro.
 
Los tiempos están cambiando. Cuando Porcel llega a Barcelona, hace pocos meses que Bob Dylan canta sus primeras canciones en los clubs de Greenwich Village. El Plan de Estabilización apuntala el régimen: la podredumbre solo se ve superada por una gran indiferencia. Aquel joven de Andratx, que no se parece a nadie, lleva libertad en la maleta.

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