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Francesc-Marc Álvaro | El político como traidor
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25 mar 2021 El político como traidor

Algo que los populistas de todo pelaje hacen, directa o indirectamente, es sugerir que ­todos los políticos –menos ellos, claro– son traidores. ¿Traidores a quién? ¿Traidores a qué? Traidores al pueblo, por supuesto. Es una idea simple que surge de una premisa tan engañosa como persistente: nuestros representantes democráticos son como extraterrestres que se han impuesto contra nuestra voluntad, nosotros no tenemos nada que ver con ellos. Los que piensan eso también están convencidos de que el pueblo siempre es mejor que su clase política, infectada de unos defectos que la buena gente no tiene; es una descripción pensada para evitar cualquier escrutinio racional de responsabilidades compartidas en una sociedad que se pretenda abierta, compleja y desarrollada.
 
Pero dejemos de lado el populismo, porque el asunto no es nuevo. Palabras como partitocracia o politiquería están vinculadas a este marco atrofiado de sentido, que observa la política como una traición permanente. Y son palabras muy viejas. Puede resultar atractivo presentar a los actores políticos como traidores, porque eso abre la puerta a la impugnación total y sin matices de la tarea de aquellos que hemos elegido en las urnas. Caracterizar a alguien de traidor es obtener, automáticamente, una especie de licencia para matar. El estigma de la traición bloquea cualquier argumentación, cualquier debate, y solo queda terreno para el juicio sumarísimo: ¿Qué hacemos con esos que nos han traicionado? Además, si aparecemos como víctimas de la traición, podemos presentar nuestra posición como la mejor, la única que merece respeto.
 

¿Cuál es la raya (tal vez invisible) entre una traición y una decisión errónea o mal aplicada?

 
El cartel que ilustra este artículo es un ­documento de la Catalunya actual y tiene que ver con el procés , alguien lo fijó en una pared para reclamar que los dirigentes independentistas levantaran la suspensión de la declaración de independencia. Pero la fábula del político como traidor es uni­versal y viene de antiguo, no es un asunto que nos singularice a los catalanes. En la medida en que la política es un compromiso entre electores y elegidos, es inevitable que exista la posibilidad de convertir el in­cumplimiento de este contrato (o la percepción que se ha incumplido) en una ­traición. El profesor Avishai Margalit escribe que la traición “es un acto que mina el significado de una relación densa” y añade que es también “un abuso de confianza”.
 
Creo que es esta segunda acepción la que pesa más en el juego democrático: el traidor sería, por lo tanto, aquel político que ha abusado de manera exagerada de la confianza que obtiene de sus electores. Hay que usar las pinzas: para el militante –para el creyente– la política implica siempre una relación densa y un sentido de pertenencia, pero no es así para la mayoría de ciudadanos, que cambian su voto cuando les conviene, afortunadamente. Dicho esto, me sorprende que, en general, la corrupción política no sea etiquetada como traición, cuando acostumbra a ser el fruto de un abuso clarísimo y continuado de confianza.
 
La pregunta siguiente es obligada: ¿cuál es la raya (tal vez invisible) entre una traición y una decisión errónea o mal aplicada? Por ejemplo: las autoridades de la UE sacan mala nota con respecto a la gestión de las vacunas de la covid. Eso provoca decepción, irritación y desconfianza. ¿Podríamos calificar esta exhibición de incompetencia de traición a la ciudadanía europea? No lo sé. A menudo, desde las instituciones comunitarias, se nos traslada una idea omnipotente de gobernanza que, a la hora de la verdad, queda puesta en entredicho. No son solo las vacunas: ¿qué ocurre con el poder real de la UE cuando los que huyen de la guerra y la miseria mueren ahogados en el Mediterráneo? Hay motivos de peso para criticar la manera de obrar en los despachos de Bruselas, lo cual no me aboca a ver la Comisión Europea como un grupo de traidores.
 
Si señalo al político como traidor, consigo un billete barato de ida y vuelta al país de la superioridad moral. En aquel país, las cosas parecen muy claras y se está cómodo, por eso algunos se quedan a vivir allí. Gracias a la superioridad moral, los avatares del gobierno y de la vida parlamentaria son reducidos a un cromo de ángeles y demonios, que hace abstracción de las condiciones objetivas, las oportunidades y el azar.
 
En sus memorias, Barack Obama escribe que habría sido “una traición a las esperanzas de los ciudadanos que me habían llevado a la presidencia” si, en vez de hacer lo que hizo, hubiera escogido “ir a lo seguro, evitar la controversia, guiarse por las encuestas”. Es una lástima que no tengamos presente este otro concepto de traición.

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