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Francesc-Marc Álvaro | En un ángulo muerto y oscuro
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27 mar 2021 En un ángulo muerto y oscuro

Un corresponsal amigo me hizo la pregunta del millón tras seguir el debate de investidura de ayer: “¿Por qué cuesta tanto que Junts y ERC se pongan de acuerdo sobre el futuro Govern?” Es una cuestión que también está en la cabeza de muchos catalanes, esos que todavía no han desconectado de la escena político-institucional. Parece un misterio parapsicológico para un programa de Iker Jiménez. Lo que pasó ayer en el Parlament –donde Aragonès se creció en las réplicas– no tiene nada que ver con forjar una mayoría para gobernar o acordar las políticas prioritarias de la Generalitat. Iba a escribir que lo que separa a ERC de Junts es la estrategia independentista, pero decir eso ya no explica la situación. Hablar de estrategias es quedarse corto.
 
Vamos, pues, al corazón del despropósito. ¿Qué está pasando? ¿Qué quiere Junts? Dicen que eso solo se sabe a ciencia cierta en Waterloo. Atención: los tuits que ha escrito Carles Puigdemont los últimos días dan algunas pistas, el de Amer parece que se ha soltado. Después de escuchar a Batet (así como las declaraciones de Artadi ante los medios) queda claro que Junts no tiene problema alguno en convertir el camino de la investidura en una obra que limitará al norte con el teatro del absurdo de Beckett y al sur con un local de comidas donde van cociendo a Aragonès como un pollo al ast; hay que darle la razón a Albiach cuando tilda de humillación lo que está haciendo el partido de Puigdemont con su potencial socio.
 

Se han acumulado tantas miserias que cuesta imaginar un clima para hacer funcionar un nuevo Govern bipartito

 
Hace unas semanas, habría escrito que lo que separa republicanos y junteros es la hoja de ruta del post-procés. Ahora constato que es otra cosa: una pulsión irrefrenable, un ánimo corrosivo, una oportunidad para demostrar quién sabe qué, una derrota mal digerida. Más allá y más acá de las desconfianzas, están atrapados en un ángulo muerto y oscuro donde se han acumulado tantas miserias, zancadillas y cálculos estériles que cuesta imaginar un clima de cooperación para hacer funcionar un nuevo Govern bipartito.
 
El papel del Consell per la República es solo un macguffin que tapa la verdadera peripecia: la dificultad de Puigdemont de mantener desde el exilio un ascendiente equivalente al que tiene Junqueras desde la cárcel, y todo el corolario que se deriva de esta asimetría, inaceptable para Junts. La sensación que domina ahora en los pasillos de la política catalana es que los que tuvieron la presidencia durante la legislatura anterior han entrado en un túnel de salida incierta, que podría desembocar –según cómo– en unas nuevas elecciones o en un giro de guion espectacular, quizá con Aragonès investido con votos de otras fuerzas y Junts pasando a la oposición (y perdiendo una pila de cargos). Mientras, la ciudadanía contempla atónita como el interés general lleva meses en el congelador.

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