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Francesc-Marc Álvaro | La pregunta de Ónega
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17 jun 2021 La pregunta de Ónega

Hay preguntas y preguntas. El periodismo consiste, sobre todo, en hacer la pregunta imprescindible que ilumina la escena. A pesar de que vivimos tiempos en los que cualquier saltimbanqui con una cuenta de ­Twitter se cree Kapuscinski, lo cierto es que el periodismo exige poso y pausa, algo que hoy muchos ignoran. Por suerte, el veterano colega Fernando Ónega es de la vieja escuela (otros, en cambio, fueron del oficio y ahora ejercen como tristes equilibristas de su propia decadencia) y gusta de formular cuestiones que dan en la diana. Así lo hizo en su artículo del pasado sábado.
 
Ónega, que suele observar los asuntos catalanes con más tranquilidad que la media de los que escriben desde Madrid, lo soltó con total claridad: “¿Hay algo, alguna idea, alguna oferta entre la autodeterminación y el mantenimiento del estatus político actual? Dicho de otra forma: ¿hay alguna propuesta que sirva para que se acaten la Constitución y el Estatut, al mismo tiempo que se satisfacen las aspiraciones nacionalistas? Si la respuesta es afirmativa, hay esperanza. Si la respuesta es negativa, ponga usted mismo la conclusión”. La pregunta está en el aire, especialmente cuando se habla de la mesa de diálogo que debe encauzar las conversaciones sobre el conflicto catalán. Y la mesa de diálogo estará en el centro del escenario, una vez hayan salido de la cárcel los líderes del procés mediante los indultos.
 

Negociar es crear escenarios nuevos, hoy imprevistos, tal vez, para unos y otros

 
Para responder a lo que Ónega plantea será mejor comenzar por desterrar un concepto que únicamente sirve para confundir al personal. Lo han adivinado: me refiero a la llamada Tercera Vía. El término, además de cursi y hueco, tiene muy mala prensa, porque nunca se acabó de entender, ni por algunos de sus presuntos y más afamados vendedores. Olvídense de vías terceras (que luego son vías estrechas que desembocan en estaciones fantasma) y hablemos como se hace en los países que no le temen al diccionario (porque, a su vez, no le temen a consultar a la ciudadanía).
 
Así las cosas, el asunto que sobrevolará la mesa de diálogo es el famoso elefante invisible que el PSOE ha mantenido encerrado en la habitación desde los tiempos de la transición: el federalismo. Pero no ese federalismo de plástico (declaración de Granada y otras ocurrencias) que los socialistas manejan ritualmente para justificar la etiqueta federal en la botella. Hablo del federalismo asimétrico (en España no tendría sentido que no lo fuera) que Pasqual Maragall propugnó con tanta pasión como escasa acogida entre sus correligionarios de más allá del Ebro. Asimétrico porque ya la Constitución de 1978 reconoce esa misma asimetría, al hablar de nacionalidades históricas y al incorporar la singularidad financiera del País Vasco y Navarra.
 
Aterricemos, pues. La pregunta que surge de la pregunta de Ónega es esta: ¿hasta qué punto Pedro Sánchez tendrá voluntad y capacidad de ofrecer un cambio de marco sustancial a Catalunya que dé incentivos a una parte de los independentistas para dejar de serlo? Desde el 2010, los incentivos han brillado por su ausencia. El Estado (usando porras, el Código Penal y el Tri­bunal de Cuentas) ha basado toda su estrategia catalana en la amenaza y la punición, incluso poniendo en primer término a la Corona, en vez de preservarla para un momento arbitral. Hoy, el Ejecutivo de PSOE y Podemos se ha propuesto devolver el pleito catalán al carril de la política. Pero no bastará con un cambio de tono ni con los indultos. Eso lo sabe cualquiera que haya estudiado a fondo lo ocurrido en Catalunya desde la aprobación del Estatut del 2006. Lo sabe perfectamente Miquel Iceta, que se lo ha explicado a Sánchez.
 
Incentivos y flexibilidad para dar con avances que no sean cartón piedra. Cuidado: no estoy diciendo que el president Aragonès y el resto de los negociadores de la parte catalana vayan a renunciar a la celebración de un referéndum acordado al estilo del que tuvo lugar en Escocia. El independentismo irá a la mesa de diálogo con esa demanda (y con la de la amnistía, que sería la única manera de frenar la multitud de causas abiertas a raíz del 1-O). ¿Con qué responderá el líder socialista? Negociar es crear algo a partir de intereses contrapuestos. Crear escenarios nuevos, hoy imprevistos, tal vez, para unos y otros. El Gobierno ha de dar por superado el catálogo del folklore paliativo (trasladar el Senado a Barcelona y demás lindezas) para entrar en algo que escasea: la imaginación política, lo inédito. Ir mucho más allá de intentar restaurar el Estatut que recortó el TC.
 
También en La Vanguardia del sábado, López Burniol avisa al PP del fracaso de la vía coercitiva y, al hacerlo, remarca oportunamente un dato que, supongo, se saben de memoria en la Moncloa: “Media Catalunya ya no tiene ningún sentido de pertenencia a España, ni se siente concernida por sus intereses, ni obligada por sus leyes, ni acata a sus jueces y tribunales”. La complejidad del cuadro exige una mesa de diálogo que no excluya opciones, ni esa de aire austriacista que formuló en su día el conservador Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, nada sospechoso –por cierto– de separatismo.

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