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Francesc-Marc Álvaro | Amy y el guardamuebles
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24 jul 2021 Amy y el guardamuebles

Apareció en nuestras vidas como el premio de un concurso al que no nos presentamos y, cuando salió, lo hizo con la elegancia suprema de los que no tienen necesidad de decirlo todo. Esa chica –que puede tener tantos nombres como les plazca– había atravesado todos los fuegos, pero parecía ajena a su gesta, anclada en una felicidad remota, de la niña que fue y siempre preservó ante la voracidad del olvido y la rabia. Los diez años de la muerte de Amy Winehouse me conectan con esa chica ingrávida que formó parte de nuestra pandilla, cuando pensábamos que siempre seríamos amigos y que tendríamos a mano un verano perenne donde desembarcar.
 
Con la música de la cantante londinense me sucede como con algunas pinturas y poesías, pocas, me revelan la continuidad de unas vidas intuidas que hemos arrinconado en un guardamuebles junto al aeropuerto, esperando el día en que completaremos todas las mudanzas que nos han hecho como somos. Ahora ya podemos decir que, domesticado el ego bulímico de la juventud, nuestra figura es –sobre todo– el resultado de cambiar de casa como quien cambia de piel. El Londres de la brillante artista judía será siempre el Londres donde vimos la línea discontinua que separa la edad adulta de los recreos prolongados para no rendir cuentas. Las alfombrillas inglesas del baño como metáfora de la realidad.
 

Las alfombrillas inglesas del baño como metáfora de la realidad

 
Cuando murió Kurt Cobain, el varapalo avisaba de cosas que no habíamos vivido; cuando falleció Winehouse, el problema era otro: el ataque a traición de la memoria zombi, el tufo de las promesas que nuestro yo del pasado había hecho a nuestro yo confiado del futuro, que se había convertido en un traficante de algo que limitaba al norte con la kriptonita de Superman y al sur con las excusas de mal pagador.
 
La chica efímera regresa cada verano. Brindo con ginebra menorquina a la salud de la gran Amy, cuya voz nos rompe y nos repara a la vez.

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