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Francesc-Marc Álvaro | No más juguetes rotos
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05 ago 2021 No más juguetes rotos

Se les denominaba “juguetes rotos”. Era la retórica periodística de hace unas décadas. El ídolo deportivo que descendía a los infiernos era etiquetado irremediablemente como “juguete roto”. Así fue, por ejemplo, con Maradona, el genio argentino que acabó engullido por los paraísos artificiales de consumo compulsivo. Así era con aquellos que, en el fútbol o en otros deportes, terminaban siendo personajes de tragedia a la medida exacta de la prensa amarilla y del corazón, valga la redundancia. Eran la cruz de la cara brillante del éxito deportivo y social que rodeaba a los más grandes, los que habían tocado el cielo con sus hazañas memorables en el estadio.
 
La valiente actitud de Simone Biles, la gimnasta estadounidense que ha declarado sus problemas de salud mental en Tokio, está en las antípodas del comportamiento de los deportistas de antaño, esos que acababan siendo juguetes rotos tras simular, durante meses o años, que eran invulnerables, duros, incansables y casi perfectos. La estrella de estos Juegos Olímpicos ha roto el tabú y ha hecho visible la humana debilidad de los que se exigen siempre un poco más. Ha emergido lo que también hay detrás del célebre lema olímpico (“Citius, altius, fortius”): más dudas, más sombras, más miedos. La fábula de Biles es la de una sociedad que quiere –en teoría– más verdad y más empatía. Nos gusta que los mitos de ahora sean admirables no solo por lo que hacen y nosotros no podemos hacer, también por el modo cómo manejan los abismos en los que caemos el común de los mortales. Adiós al juguete roto, bienvenida la estrella que confiesa sus límites sin tapujos. Pero el cuento solo funciona si el ídolo regresa y es capaz de sobreponerse: Biles, el martes, volvió a competir y logró una medalla de bronce. La historia ha tenido un final feliz. Sergio Heredia, en su magnífica crónica, ha hablado de “renacimiento”. La chica que notó sobre sus hombros todo el peso del mundo se ha vencido a sí misma. Un guion a la medida de nuestro confort. Próximamente, en alguna serie.
 

Biles es Rocky Balboa, ese boxeador de ficción al que rezamos cuando todo parece irse a la mierda

 
En la práctica de las artes, la vulnerabilidad, en cambio, cotiza al alza, por lo menos desde el romanticismo. Dos de los fundadores de la literatura moderna, Edgar Allan Poe y Charles Baudelaire, lo dejaron claro en sus respectivas vidas y obras, y con ello dieron unas pistas que todavía seguimos. Fernando Pessoa, en Libro de desasosiego , hace un Biles de antología: “El mismo escribir ha perdido la dulzura para mí. Se ha trivializado tanto, no solo el acto de dar expresión a emociones cuanto el de perfeccionar frases, que escribo como quien come o bebe, con más o menos atención, pero medio enajenado y desinteresado, medio atento y sin entusiasmo ni fulgor”. La modernidad es la abulia y el desencantamiento, ese peso inverso del mundo que reduce el individuo a una parte de la masa complacida, que –a su vez– el capitalismo convierte en público de sí mismo. Nietzsche ilumina el siglo con un aforismo: “Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos”. Pessoa –de nuevo– lo atrapa por la puerta de atrás: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente”. En la cultura de masas –el cine y el rock– la vulnerabilidad alcanza su máxima seducción necrófila. El panteón de actores y músicos que murieron jóvenes es un faro subyugante que convierte el peso del mundo en una carcajada impía, la del placer secreto de admirar a los fantasmas que nunca van a envejecer: Marilyn Monroe, James Dean, Jim Morrison…
 
Simone Biles es Rocky Balboa, ese boxeador de ficción al que rezamos cuando todo parece irse a la mierda. La gimnasta de Columbus explicó así la razón de su necesidad de parar: “No estaba lesionada. Bueno, sí. Me había lesionado el orgullo”. Bloqueo mental. El italoamericano siempre se levantaba tras ser derribado. Por eso sigue siendo un santo a mano. Cioran podría poner los subtítulos a la nueva pe­lícula: “Quien no ha experimentado el miedo a todo, el terror del mundo, la ansiedad universal, la inquietud suprema, el suplicio de cada instante, no sabrá nunca lo que significan la tensión física, la demencia de la carne y la locura de la muerte”.
 
Los juguetes rotos ya no gustan, estamos en otra onda. Ahora solo falta que apliquemos esta narrativa tan empática al rider que se juega la vida para traernos una hamburguesa o una ración de sushi a toda leche.

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